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09/11/2017

Pequeñeces (22)

Esperábamos la llegada de los veraneantes con ansia, mucho aprendieron de nosotros, pero mucho nos enseñaron ellos también. Dos mundos muy diferentes el rural y el urbano se mezclaban los veranos.

A casa Landa, a casa de Aniceta y Felisa llegaban casi todas las vacaciones Gloria y Sixto con sus hijos, muchos (seis o siete). De nuestra edad era Mari Carmen, y la que más asiduamente venía, un invierno hasta comenzó la escuela con nosotros, estuvo hasta pasar las Navidades. Ella me dio el primer beso, y con ella jugué a médicos y enfermeras en el patio y en los pajares de su casa. No tendríamos todavía ni 7 años.

Juegos inocentes, que con el devenir de los años, me dieron grandes quebraderos de cabeza como contaré en el momento oportuno.

Para entonces ya vivíamos en el barrio de abajo, no hacía mucho que nos habíamos trasladado. Mis padres tuvieron problemas con una vecina, Engracia, apodada la pinta, pariente lejana que se había casado a Zirauki y había enviudado joven, los problemas llegaron por un medianil en malas condiciones de unos pajares de su propiedad, por lo que nos vimos obligados a trasladarnos hasta que se resolviese el asunto que estaba en los juzgados. Nuestro padre creía que sería para una corta temporada, pero en la casa del barrio de abajo pasamos los siguientes 15 años sin que se arreglase el asunto del medianil.

Al final el alcalde hizo de mediador y todo se solventó con una reunión formal entre Engracia, el alcalde y yo. Nos juntamos en Zirauki, que es donde vivía Engracia. Llegamos fácilmente a un acuerdo, ella daba el permiso para reforzar el medianil, los gastos a nuestra cuenta, solventado el problema, y tras hacer una gran reforma en la casa  volvimos de nuevo al barrio de arriba con nuestros viejos vecinos.

Curiosidades de la vida a los pocos años Engracia también se trasladó a Nazar, con lo que la tuvimos de vecina durante muchos años, hasta que falleció, nunca existieron más fricciones.