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01/09/2017

Pequeñeces (1)

Un día de invierno de finales de la década de los 40 del siglo XX me trajeron al mundo en Nazar, en el Valle de La Berrueza, en Tierra Estella. Me tocó ser el sexto hijo de José y Cirila. Todavía detrás vendría otro hermano más. Con la familia vivían los abuelos paternos, Hermenegildo y Josefa, o mejor dicho nosotros vivíamos con ellos. No recuerdo a ninguno de los dos por lo que tuvieron que fallecer cuando yo todavía era un mocoso. Sin embargo, me vienen a la memoria anécdotas de los abuelos contadas por mis padres, hermanos y vecinos, historias grabadas con más realidad y fidelidad que las propias vivencias.

Al contrario que la mayor parte de niños y niñas nacidas en la ciudad, y que pasaban las vacaciones en la casa de los abuelos, a los del pueblo, habituados a vivir entre 20 casas, 4 calles, y 1 riachuelo no nos llamaban la atención los pájaros, los animales, los fuertes olores, el sabor de las frutas recién cogidas de los árboles.

Las imágenes de unas gallinas correteando con sus polluelos, una bandada de palomas caseras, unos cerdos hocicando en la hierba húmeda de los alrededores del riachuelo, o de la higuera de delante de la casa donde permanecía despanzurrado el perro en los días calurosos se nos pasaban inadvertidas, eran normales para los que vivíamos de continuo en el medio rural.

Sin embargo, tuvimos la ocasión de sorprendernos, hasta el punto de atemorizarnos con el contacto de la ciudad. La primera vez que salí del pueblo, fue a los ocho años, a casa de mis tías Cipriana, Aúrea y Flora que vivían en Bilbao. Porteras en la calle Iparaguirre, Ajuriaguerra (entonces Espartero) y Tristán de Leguizamón respectivamente. Grandes avenidas, casas altas con cientos de ventanas, ruido infernal de los coches, pitidos... Esto es lo que encontramos, ¿Cómo hacer cestas con estas mimbres?

 

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