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02/11/2017

Pequeñeces (XX)

Un día el abuelo comenzó a toser, con una tos profunda y continua, había cogido la tosferina. Por la noche le subió la fiebre hasta casi 40 grados. Al día siguiente no se levantó de la cama. Me pareció ver a los padres preocupados por su salud. A eso de las seis de la mañana el hermano mayor salió a pie a avisar al médico, y aunque ninguno de los hermanos nos enteramos, pues para cuando se levantaron para ir a la escuela ya estaba de vuelta, algo extraño nos pareció percibir.

 

Mis hermanos se despertaron y se vistieron casi sin meter ruido, tanto que yo no me desperté hasta que ya estaban todos desayunando en la cocina. Nada más salir al pasillo mi madre me dio un beso y me ordenó volver de nuevo a la cama, pues todavía era muy temprano. Unas horas más tarde, cuando ya los rayos del sol iluminaban el pasillo, me pareció oír las voces de la madre de Pedro y de otras mujeres del pueblo. Allí estaban en la cocina tomando un tazón de café con leche, y charlando amigablemente. Desde la cocina se oía la respiración fuerte del abuelo. Después de desayunar, me acerqué a su habitación, le agarré la mano, y le di dos besos. Tenía los ojos relucientes, me echó una sonrisa y cerró los ojos por un instante.

 

De dos saltos me encontré en la calle. Oí los chillos de mi madre. Sin entenderle ni una sola palabra de lo que me decía, le contesté. Sí, sí mamá luego haré todo, a la hora de comer lo haré. Como un relámpago estaba ya con los amigos, me preguntaron por el abuelo. No te preocupes, ya verás cómo se cura, me comentaron. Serían las once de la mañana cuando vimos subir por la carretera del carbón la vespa del médico.

 

Hoy el abuelo ha dormido muy bien, oí a mi madre decirle a mi padre. Parece que evolucionaba bien. Estaba mucho más tranquilo y casi no tosía. Cuando me acerqué a la habitación estaba tumbado boca arriba, escabullido entre las sábanas y mantas bien alisadas y en orden. Me acerqué y le di dos besos, ni se inmutó, ni tampoco me devolvió la sonrisa de otros días.

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