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20/11/2017

Pequeñeces (XXIV)

Aquel día, 6 de mayo, nos pasamos la tarde en la chabola. Al llegar a casa nos encontramos en el portal a nuestra madre. Algo había sucedido, ya que tenía muy mala cara y estaba medio llorando. El abuelo había fallecido un rato antes. A los hermanos pequeños no nos dejaron entrar a verlo, los mayores pasaron a la habitación, y a la salida comentaron que estaba más guapo que de vivo, con chapela y la cara resplandeciente. O algo así creo recordar.

Pasados unos meses, el día después de Santa Lucia, José Mari nos comentó que había oído en su casa que muy pronto iban a hacer las maletas y que se iban a trasladar a la ciudad. Esa misma tarde, sin perder tiempo, le pregunté a mi madre, si era verdad que la familia de José Mari también se iban. Y mi madre me lo confirmó. Se iban para Pamplona. El año que viene, pasadas las navidades han decidido irse a la ciudad, me dijo sin darle excesiva importancia.

¿Pero qué van a hacer con el abuelo y el tío soltero mayor que viven con ellos?

Se van a ir con ellos. Ya lo tienen todo decidido y pensado.
¿Mamá, nosotros no nos iremos, verdad?

No te preocupes. Por lo menos estaremos aquí hasta que viva la abuela. Eso es lo que dice tu padre, y así se hará, ya sabes cómo es tu padre.

Me pareció que mi madre ponía como excusa al padre, pero que ella tampoco tenía ninguna gana de comenzar una nueva vida lejos de estas tierras. Tranquilo hijo, tu padre vive contento aquí y le costará mucho decidirse a dejar todo esto. Le va a costar mucho más de lo que parece abandonar el pueblo y las tierras. No veo a tu padre lejos de los animales y el monte. ¿No os distéis cuenta que cuando se fue la familia de Tere no fue capaz ni despedirse de su mejor amigo?. Tu padre seguirá el camino de su padre, y morirá aquí.

Llegó el momento de comenzar la escuela, de hacer la Comunión, un rollo, aprenderse de memoria rezos y oraciones. Siguió la vida como de costumbre, no se habló más de irse a la ciudad.

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