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18/09/2017

Pequeñeces (8)

La casa es de construcción recia, de gruesas paredes de piedra, y maderas de roble (por desgracia cuando hicimos la reforma toda la madera fue sustituida por vigas modernas de cemento). El edificio es un rectángulo de unos quince metros por diez, en la actualidad existen tres viviendas; pero a lo largo de los siglos la división de las viviendas ha sido muy variada, no hace falta más que picar  el yeso de las paredes para encontrarnos con puertas tapiadas, la distribución de las viviendas a lo largo de los siglos  fue diferente. Sin duda las herencias han hecho variar de forma continúa los medianiles de las casas. La altura de la casa es considerable, de unos 10 metros, con tres pisos, la zona baja para las cuadras, la mediana para la vivienda y la tercera se usaba de granero y trastero.

La puerta daba a la calle principal, rara vez se cerraba con llave. Se accedía a una pequeña cuadra, donde conocí un burro, dos vacas  y el cerdo para la matanza, unas escaleras daban acceso al pasillo, donde había una honda alacena donde se guardaban de una manera desordenada hachas, martillos, cuñas… también había colgado un espejo, ya antiguo para aquella época, que seguramente era herencia de generaciones anteriores, el cristal del espejo estaba ya muy desgastado, recubierto con un cuero que seguramente era de vaca.

De este pasillo se llegaba por una parte a través de una puerta preciosa de roble pintada de verde a una espaciosa cocina nueva que daba a la fachada de la calle. Una mesa amplia, un precioso armario de dos cuerpos con un espacio en el centro, y una cocina económica con un depósito incorporado para el agua caliente, el cual  había que rellenarlo con una cazuela y había que sacar el agua  a cazos. es todo lo que había.  De aquí se pasaba al cuarto de los padres, amplio, también con una ventana a la calle, lo único que recuerdo es el orinal de debajo de la cama.

Quiero acordarme de una conversación de mis hermanas con sus amigas en esta misma cocina, estaban Begoña, hija de Moisés, que habían emigrado a Sestao, Lourdes y tal vez alguna amiga más. Puse todos los sentidos, el tema era sobre sexo, novios, píldoras…  se me quedó grabado para siempre ese momento, creo que no entendí muy bien sobre lo que hablaban, quiero pensar que en otros momentos he tenido más detalles de lo que hablaron, estoy seguro que sí, pero que con el tiempo los hechos se han desvanecido.

Desde el mismo pasillo una cortina separaba  la cocina vieja, un espacio oscuro, sin ventilación y sin luz, con paredes negruzcas del humo, nunca se pintaron. Este era el lugar preferido de la familia, especialmente en invierno, aquí es donde escuché todos los recuerdos, anécdotas del pueblo que quedan en mi memoria. Una gran chimenea  que llegaba hasta el techo  ocupaba casi la mitad del espacio,  un fuego bajo con dos chapas metálicas, una en el suelo y otra en la pared, con el grabado de un caballero con lanza, un gancho que colgaba de la chimenea, una caldera, y dos sillas pequeñas eran todos los objetos que había. De aquí se pasaba a otra habitación amplia con dos camas, con  el suelo completamente irregular, hasta el punto que el desnivel podía ser de hasta 10 centímetros. La habitación no tenía más que un pequeñísimo ventanuco, por el que en invierno entraba el frío y las ventiscas, ya que daba al norte. Este cuarto era multiusos, denominado vulgarmente como cuarto de amasar el pan.

No existía libro, ni papel alguno de lectura, la enciclopedia que usábamos en la escuela allí se quedaba, tampoco traíamos nada a casa. En los años de juventud un solo libro llegó a la casa fue un cuento ilustrado que le regaló Caya Montoya que vivía en Estella a mi padre para mí, sería de sus hijas;  yo todavía no sabía leer, pero recuerdo las ilustraciones con ensueño, aquel libro me hizo soñar, aunque pronto desapareció. Mis padres los pocos documentos que tenían los conservaban en un bolso negro, que guardaban celosamente debajo del colchón de la cama. Muy pocas veces se consultaban, allí se guardaban los papeles importantes. Cuando se consultaban se hacía con gran parsimonia, es que algo importante se estaba buscando, aunque muy pocas veces aparecía lo que se quería encontrar. Allí aparecían siempre los mismos documentos, unas escrituras amarillentas  con alguna hoja rota por la mitad, alguna factura, algún papel del médico,  algún otro papel suelto y una esquela.  Nuestro padre siempre que revolvía  esta carpeta acababa enfadado pues decía que se habían guardado papeles que no venían a cuento, y el que buscaba nunca aparecía.

Un gran escalón de unos 40 centímetros daba acceso a la puerta y las escaleras del granero. Este escalón era un calvario durante todo el año, pero especialmente  en la época de la cosecha, pues había que subir el grano en sacos y dar este paso suponía un gran esfuerzo, especialmente para los extraños que no lo conocían. El granero  era un espacio abierto, sin paredes interiores. Había tres alorines adosados a las paredes, uno pequeño para el trigo, y otros dos para la cebada y la avena. Los alorines son espacios cercados por una pared de unos 40 centímetros de alto para guardar el grano. Aparte de guardar el grano,  era el desván donde  se guardaban las camas turcas para cuando venían los parientes y ocupaban  las camas habituales, los de casa éramos deslazados  al granero, también se guardaban otros trastos y pequeños utensilios de la labranza, como el arca de  los jamones, un arca vieja, que en  los últimos años tenía la tapa de arriba sin sujeción, con lo que cuando se abría se resbalaba y se caía,  o la tinaja de los chorizos y del lomo en manteca. Mi padre, tenía durante todo el año un par de palomas torcaces que las usaba para el paso de paloma y su caza a parado, caza con zumbel. Al tejado se accedía una especie de ventana  vertical, la tronera, colocada en la zona más alta del tejado, el gailur.

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