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23/11/2017

Pequeñeces (26)

Por aquellos años a casa se acercaban los veraneantes a comprar la leche recién ordeñada de las vacas. Teníamos dos vacas que las empleábamos en las labores del campo y en verano daban abundante leche. No conocí los dos bueyes que tanto oí hablar a mis padres y hermanos.

No era casualidad que a la hora que creía que bajaría Yoli con su madre o su abuela Leona a por la leche estuviese yo por la casa revoloteando. Nuestras madres bien que lo notaron, pues era la única hora que se me veía el pelo, hasta el punto que un día la madre de Yoli me preguntó con una risa delatadora, a ver si no salía de casa en todo el día. ¡Bien sabía ella que justo aparecía para comer y cenar¡ Me puse rojo como un tomate, especialmente cuando Yoli fijó su mirada en mí. Pero a pesar del pequeño bochorno fue raro el día que no estaba sobre esa hora por los alrededores.  

También Yoli era al único lugar que acompañaba a su madre, pero de eso no me di cuenta hasta que habían pasado unos años. La inocencia en estos temas de los chicos y chicas del pueblo era notoria comparada con los veraneantes. Mucho aprendimos de ellos, pero eso también lo dejaremos para años posteriores.

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