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02/10/2007

Gabino (II)

 Aurkibidea

6. La huida

7. La vuelta

8. Salida hacía las Américas.

9. En el mar

10. El Tajo

6. La huida

Las discusiones en la taberna se fueron animando. Los jóvenes comentábamos las noticias que llegaban de La Ribera. El ambiente del pueblo se fue enrareciendo.
 
El perro de pintas blancas y negras que usábamos para intercambiar las noticias entre nuestra casa y unos familiares de Azuelo iba y venía de un pueblo al otro más amenudo que de costumbre. La ida y venida del perro era la forma que teníamos para mantenernos al día de lo que ocurría en el valle de la Berrueza y en el Valle de Aguilar de Codés. Desde siempre nuestra familia había mantenido relaciones estrechas y cercanas con unos familiares lejanos de Azuelo.
 
Una tarde, a unas horas bastante poco normales, llegó el perro con la lengua fuera. La madre cogió el mensaje, como no sabía leer, sin perder tiempo envió a mi hermana de 7 años con el mensaje a la pieza del roble donde nos encontrábamos segando habas.
 
Gabino, tienes que huir del pueblo. Cuanto antes, no pierdas tiempo. Tres nombres se han mencionado en la Junta del Valle: el tuyo, el de Marcelino y el de Escolástico, venían escritos en el papel que traía nuestra hermana.
 
No podíamos salir de nuestro asombro. Juramentos que nunca había oído, salieron de la boca del hermano mayor.
 
Sin despedirme de nadie, dejé la hoz, la zoqueta, y el sombrero de paja encima de la mies recién cortada y tomé el camino de casa. Padre mandó al hermano de 12 años a comunicar lo que decía la nota a  Marcelino y Escolástico. 

El kilómetro y medio de vuelta a casa, lo hice preparando la huida. Sin saber con seguridad que camino elegir. Pronto descarté el tren, o el autobús por la falta de dinero. Me decidí a conseguir pasar la frontera por los Pirineos.
 
Llegué a casa en un santiamén, ya estaban en la entrada mi madre, Francisca, mi hijo... Madre nada más verme se santiguó. Se dirigió a la despensa, entramos todos detrás de ella,  me preparó unos calcetines de lana, las botas de monte, cogí un par de navajas, un pasamontañas. Francisca para entonces ya me había preparado un atillo con una hogaza, chorizo, queso y un buen trozo del pernil.
 
Aunque la idea era pasar la frontera lo antes posible, las tres primeras semanas me resguardé en una cueva que conocía en la Sierra de Lokiz. El día anterior de partir hacia Aralar aprovechando la hora de la siesta decidí bajar a Narcúe, a parte de unos niños correteando no vi a nadie,  me hice con unos pantalones y unas camisas oscuras que estaban tendidas. Al dejar atrás el Valle de Lana no pude reprimir unas cuantas lágrimas.
 
Sin grandes sobresaltos llegué a las inmediaciones de la muga. Las patrullas de la Guardia Civil se intensificaron. Según mis cálculos podían faltarme unos 25 kilómetros. Oí un ruido, me agazapé entre los bojes, oculto entre la hojarasca estuve vigilante, sin moverme  durante un largo cuarto de hora.
 
Al día siguiente no tuve mejor suerte, así que decidí volver al refugio que había abandonado anteriormente. Se me hizo imposible avanzar, las patrullas estaban vigilantes.

Dormí a pierna suelta. Me desperté hambriento hacia las 11 de la mañana. Miré en el zurrón, no quedaban más que dos mendrugos más duros que las piedras.  Con la única intención de pasar la mañana me dispuse a sacarle punta a una rama de roble. De repente vi una culebra entre la hojarasca, de un golpe hinqué la navaja en su cabeza. Hacía meses que no me pegaba semejante manjar.
 
La Guardia Civil estaba al acecho, vigilaba todos los caminos del bosque. Oí unos pasos, me quedé inmóvil. A pesar de ser una noche oscura como las fauces del lobo, nada más echar a correr oí cuatro fogonazos de fusil que deslumbró completamente el bosque.  En la huida estuve a punto de caerme, me travé con las raíces de un árbol. Trompicado huí monte abajo. Sentí a los dos Guardias Civiles tras de mí. Cuando ya los tenía encima, a menos de 20 metros, se desató una tormenta de rayos y truenos que fueron mi salvación.
 
Completamente mojado hasta los huesos, cansado, sin fuerzas, sin apenas resuello me tumbé esperando lo peor.  Poco a poco escondido entre los árboles logré volver de nuevo al refugio. Una semana permanecí escondido, intenté cuatro o cinco veces más pasar la frontera. En vano. Tuve que zafarme de dos nuevas emboscadas. Ví la muerte de cerca.
 
Decidí cambiar el rumbo, casi sin darme cuenta me encontré en la Provincia de Santander. De pueblo en pueblo, gracias al “alabado sea Dios” logré conseguir algunos curruscos de pan seco.
 
Pasé los meses pidiendo de casa en casa,  recorriendo las bordas más recónditas de Cantabria. Pobre, sin un duro, muerto de frío pero seguro. ¡Y para los tiempos que corrían, no era poco!
 
En el pueblo de Selaia me abrió la puerta un hombre de unos 50 años.
-         Pasa, pasa.
-         Me acurruqué junto al fuego.
-         Una vez bien aseado, lavado con jabón y abundante agua,  me ofreció un buen plato de potaje caliente. Pasé la noche en un pajar algo alejado de la casa.
-         No era la primera vez que algún alma caritativa se apiadaba de mi situación.
-         A las 6 de la mañana, cuando todavía faltaban varias horas para el amanecer se personó la pareja de la Guardia Civil. Me había metido en la boca del lobo sin darme cuenta. Bien aseado, bien dormido, rasurada la barba y el pelo arreglado no se me hizo fácil contestar a lo que parecía un inocente interrogatorio.
-         Sin duda, me han atrapado.
-         ¿Qué hacía un hombre de unos 25-30 años, con acento distinto,  pidiendo de puerta en puerta?
-         Me sentí atrapado en la ratonera.
Sin pensarlo dos veces, aprovechando el momento en que apareció el amo, me di de nuevo a la fuga.
Mientras ascendía la montaña me vino a la cabeza pasarme al maquis. Tras una semana recorriendo los pueblos de los Picos de Europa, las dudas se disiparon y decidí volver al pueblo.

7. La vuelta

Casi sin darme cuenta, inmerso en los recuerdos, me encontré en frente de las mansas aguas del río Ega. Aunque no habían pasado más que unos pocos años, al ver las crestas de la Sierra de Codés tuve la impresión de haber estado fuera un montón de años. El reencuetro con las  mismas fuentes,  los mismos riachuelos, los mismos árboles, los mismos animales  me dio ánimos para seguir adelante.  Me sentí seguro al lado de mis viejos amigos los hayedos, los encinares y los bojarrales. Desde la cima de Costalera divisaba las montañas y los valles de alrededor. Joar, Gorbea, Montejurra, la Sierra de Lokiz, Urbasa, Aitzgorri, Monjardin, La Sierra de la Demanda y hasta los Pirineos se distinguían desde la punta de Costalera.
 
Desde la colina donde me encontraba oi los ladridos de los perros, parecían los de Lur y Beltza.

Nos revolvimos por el suelo en una lucha desigual.

Pasados unos minutos, ya tranquilizados, los perros comenzaron a mover la cola con intención de seguir el combate-juego; el silvido del hermano les hizó desaparecer en un cerrar de ojos.
-         Le devolví el chiflido.
-         Nos abrazamos entre lágrimas.
-         Sin más preámbulos le hice participe del plan. Le comenté punto por punto, con todo tipo de detalles el plan ideado.
-         Gabino, las cosas no se han apacigüado. Sigues en peligro, la Guardia Civil un día si y otro también peina la zona. Lo tienen todo controlado. De vez en cuando se ve algún que otro maqui perdido por estas montañas.
-         En el pueblo, a causa de la presión, no nos podemos fiar de nadie.
-         Tranquilo. Lo tengo todo preparado.
-         Mañana mismo tendrás que vender a Lur y Beltza.
-         Ya, ya me he dado cuenta.
-         Para cuando te fuiste Francisca estaba embarazada. Tienes otro hijo más.  Le hemos bautizado con el nombre de Gabino. Este invierno se ha muerto el abuelo.

-         Escolástico logró huir, marchó el mismo día que tú. Llegó en tren y en autobús hasta donde su tía de Eugi, y de allí en un santiamén pasó la frontera, ahora se encuentra tranquilamente en Méjico.
-         Tu cuñado Felipe y Bernardo el hijo de Teófila, los que se fueron con los falangistas, los trajeron a enterrar al camposanto, dos días antes de acabar la guerra perdieron la vida en el frente de Zaragoza. Los dos juntos. Juntos fueron y juntos los trajeron.
-         ¿Marcelino se quedó en el pueblo? ¿No sería él el chivato, no? Pregunté impaciente.
No, no. No lo mataron por casualidad. Una semana después de iros Marcelino y tú se personó “el Coche de la Muerte ”. Se llevaron a Marcelino con la intención de fusilarlo en la cuneta de Arquijas. Una vez que lo bajaron del coche, se echó la niebla. Logró huir atravesando el río. Anduvo perdido unos cuantos días por los montes de Zúñiga y Orbiso; pero también  logró llegar a América.
- El que os delató por rojos fue tu cuñado Benito. Dos días antes de reunirse la Junta del Valle lo vieron con el Txato de Berbinzana.
-         ¡Ojalá se muera ahora mismo! ¡Maldito! ¡Víbora! ¡Mira que atreverse a entregar al padre de sus sobrinos!
-         Adiós Gabino. Hasta la semana que viene.
-         Aquí me tendrás.
-         Ahora los Guardias acechan más que de costumbre. Cuídate.
-         Ya lo sé. No te preocupes. Piensa que sigo fuera. Que no me has visto. Encárgate de dejar dos veces por semana en un recipiente algo de comida en el camposanto viejo.

Cuatro días después me dispuse a llevar adelante el plan. Nevaba copiosamente, me resguardé en un pajar cercano a la iglesia. Después de examinar atentamente los alrededores me encaramé por el tejado a la torre de la iglesia y de allí deslizándome logré entrar por un agujero de la pared al falso techo de la iglesia.
 
En el refugio a falta de otros entretenimientos di rienda suelta a los pensamientos y recuerdos de la niñez y de la juventud. Me vinieron a la memoria las mañanas frías, cuando tenía que encender la vieja estufa con Antonia. No tendríamos más de 8 años,  cuando antes de que viniera Resurre la maestra y el resto de los niños del pueblo teníamos que tener en marcha la vieja estufa de la escuela.
No resultaba fácil encender aquella maldita estufa. Una y otra vez prendíamos el papel, pero en vano. Cuando menos lo esperábamos, la estufa cogía fuego, llenándose todo el edificio de un humo irrespirable. No era extraño que a veces llegase la maestra y no estuviese todavía encendida. Entonces el castigo estaba asegurado.
 
Un día de verano, de calor sofocante, la chavalería, nos juntamos a pasar las horas de la siesta debajo del nogal de la Pinta. Apoyada en la pared encontramos una escopetilla de aire comprimido, no me acuerdo quién fue el que  apretó  el gatillo y ante nuestra sorpresa se oyó el sonido de un tiro, momento en que  Escolástico comenzó a gritar, correr y saltar como un loco por la campa y las calles del pueblo.
¡Mi mano, mi mano! Repetía una y otra vez, corriendo de un lado para otro. El médico de Nazar afincado en Mendaza, Don Antonio le sacó el perdigón de copa que lo tenía incrustado en un hueso de la mano. A la media hora lo teníamos de vuelta entre nosotros.
 
Llevaba dos meses encerrado cuando comencé a notar la falta libertad.
 
Me vinieron a la memoria los días de juventud, también los días, y los juegos compartidos con Benito. Al recordar los momentos vividos con Benito me invadió una sensación de tristeza. Fueron momentos para recordar: Los primeros amoríos, los primeros tortazos y los primeros besos de la chicas; el corte de pelo al tipo franciscano, al cero por la base, y largo por arriba, con la tufa al estilo fraile; las tardes de verano de juegos  en los pajugueros, y las tardes de invierno en los pajares; los primeros escarceos con las mozas del pueblo... Así fueron pasando los días, las semanas, los años escondido en el falso techo de la iglesia.

8. Salida hacía las Américas.

La soledad comenzó a hacerme mella. A veces los recuerdos no eran tan agradables como me hubiesen gustado. Se agolpaban uno tras otro.
 
-         Gabino no te metas en política. La política no trae nada bueno.
-         Tranquila Francisca. Le respondía en sueños.
-         Gabino no te mezcles en asuntos que no te incumben.
-         Tranquila mamá. Le respondía, despertándome sobresaltado sin saber donde me encontraba.
 
Los carteles que colocaron en la pared del pozo de lavar la ropa crearon acaloradas discusiones en la taberna. Se calentó y enrareció el ambiente. Hasta los mayores tomaban parte en las discusiones.
 
Esa misma semana 6 mozos acudieron a la fiesta que la Falange convocó en el Palacio de Cábrega para toda Navarra. A las 6 de la tarde volvieron completamente exaltados, con camisas azules, correajes de cuero negro y con las escopetas colgadas al hombro. Por la noche bien bebidos, insultaron a todo el pueblo por su falta de valentía y coraje. Una y otra vez repetían los cánticos y eslóganes aprendidos aquella misma mañana.
 
Los cuatro hombres del pueblo que no mostramos el debido entusiasmo ante sus brabuconadas lo pagamos caro. El ambiente se fue enrareciendo cada vez más. Las noticias de las detenciones corrían de pueblo en pueblo. Se comentaba que en otros pueblos, algunos fueron donde el alcalde en busca de refugio. En vano. La decisión ya estaba tomada, aunque en el momento de la verdad se arrepintieron de las decisiones tomadas anteriormente. Tampoco para ellos fue fácil ver como se llevaban a los vecinos; pero el alcalde, el cura, y el secretario ya no podían hacer nada. Pues la decisión venía firmada por instancias superiores.

La noticia de los  fusilamientos de los pueblos de alrededor -Mués, Piedramillera, Los Arcos, Acedo, Asarta, Mendaza, Aguilar- se extendieron como la pólvora. Los primeros meses  de la postguerra fueron de una represión atroz. El terror impuesto por los falangistas fue salvaje.
 
Félix, el cabecilla de la revuelta en el pueblo, también fue el primero en dar su nombre para la Armada Nacional , pero todo fue en vano. Llegó el Coche de la Muerte , lo apresaron, y lo llevaron ante los gritos de sus hijos pequeños y su mujer. Le dieron dos  tiros a bocajarro en la cuneta de Arquijas.
 
-Se acabó
-¿Hoy le ha tocado a Félix?
-¿Mañana a quién?
 
La soledad comenzó a hacérseme insoportable. Con el paso de los meses la moral se me iba desgastando. Lo único que rompía la monotonía del día a día eran los toques de las campanas. Para entonces ya distinguía el sonido de todas las campanas de los pueblos del valle: Mendaza, Asarta, Cábrega, Sorlada, Ubago, Mirafuentes, Otiñano...
 
-¿Me estaré volviendo loco, me preguntaba una y otra vez?
-No sé, pues. A veces, no soy capaz de distinguir entre los sueños y la realidad.
-No puedo olvidar la familia, los hijos, la esposa. Tan cerca y a la vez tan lejos.
-No puedo discernir entre los pensamientos y lo verdaderamente vivido. ¿Como distinguirlos cuando se repiten en mi interior las mismas anécdotas una y mil veces?
-Que va, estoy bien, de primera. Tengo todo bajo control, acababa animándome a mí mismo.
 
Desde muy pequeño me corroía la curiosidad por saber qué tipo de animales podrían estar dentro del reloj de muñeca de mi padre. Todo el día tic-tac, tic-tac sin descanso alguno. ¿Qué tipo de animales serían? ¿Sería alguna especie de hormigas enanas? Aprovechando que el padre se quitaba el reloj para echar la siesta, entré de puntillas en la habitación, cogí el reloj y con un martillo y un destornillador intenté abrirlo. Imposible. Lo sacudí, esperando que los animales que estaban dentro se parasen. En vano. Por fin, dí un  un martillazo seco, el cristal y las agujas saltaron por los aires, salieron todas las tripas. ¡Qué desilusión¡ No aparecieron más que ruedas dentadas y muelles.

Otras tardes me daba por recordar los momentos de apuro pasados ante la pareja de bueyes Giputxi y Txiki. Ya con 7 años más de una vez nos tocó a mi hermano y a mí  permanecer delante de los bueyes para que no se moviesen.  Recuerdo los momentos con cierta nostalgia, nerviosos ante la responsabilidad, con una mano apoyada en el yugo, y en la otra una pértiga de un metro más larga que nosotros permanecíamos nerviosos ante los movimientos de los bueyes. Cuando menos lo esperábamos sacudían el rabo contra la tripa, levantaban una pata para golpear fuertemente contra el suelo, o movían la cabeza de un lado para otro para espantarse las moscas de alrededor. Pasados los años nos dimos cuenta que no existían en el pueblo bueyes más leales, y que hasta que no hubiesen oído la voz de aida de nuestro padre, allí habrían permanecido sin moverse ni un solo centímetro.
 
Siendo todavía un chaval una tarde de invierno acompañe a mi padre a Mendaza, fuimos a llevar a Cenizosa al toro. Un toro enorme, negro, con grandes ojos, luego me enteré que lo habían  traído de la zona del Baztán. Aunque para entonces ya estaba acostumbrado a ver  los animales aparearse sentí una sensación no muy agradable al ver a nuestra novilla Cenizosa encajonada en un rectángulo estrecho de madera. Al instante llegó un enorme toro bufando. Se acercó pausadamente. Sentí pena por nuestra joven y débil novilla, tener que soportar semejante animal. No creo que aquel día Cenizosa gozase demasiado.
 
No fue casualidad que los últimos recuerdos fuesen de los animales de casa y estuviesen relacionados con su libertad.  Excepto los perros guardianes de las casas poderosas, que no conocían la luz natural, ni las calles, ni las caricias, ni tampoco hembras. Tal como habían nacido, morían. Presos. Atados con cadenas cortas, recluidos en lo más profundo de los corrales, sin luz natural... el resto de los animales del pueblo correteaban por las calles y los campos como si de niños se tratasen: gallinas, perros,  vacas, cerdos andaban a sus anchas por todo el pueblo.
 
¡Quién pudiese tener la libertad de Beltza! Libre. Pero siempre atento a la llamada de nuestro padre. Nada más silvarle allí estaba entre sus piernas. Pero sin embargo, no era extraño encontrarlo en cualquier pueblo intentando conseguir los favores de cualquier perra en celo. A veces llegaba exhausto, sin resuello, sucio, ensangrentado de sus correrías. Pero estuviese donde estuviese siempre oía la llamada del amo.
 
El zumbido de las campanas  retumbaban sin cesar, cada dia que pasaba  se me hacían más insoportables. Especialmente los toques de la noche se hicieron insufribles. No podía conciliar el sueño. Hoy hace cinco años que decidí resguardarme en el techo falso de la iglesia. Estaba pensando en ello cuando comenzó a retumbar la campana grande. Aunque ya lo tenía decidido fue el momento en que resolví salir del escondite y buscar un nuevo modo de vida al otro lado del mar, en las Américas.
No cogí más que una navaja, el resto todavía se encontrará allí, me deslicé por la pared hasta la torre y de allí baje hasta una ventana de la iglesia, salí a la calle; no había andado ni cinco metros cuando me salieron al encuentro dos perros semejantes a Lur y Beltza.
 
Estuve una hora mirando al cielo, estaba precioso estrellado,  con una luna llena grandiosa, en silencio tan solo interrumpido por el canto de los grillos.
 
Como de costumbre la puerta de la calle estaba vuelta, cerrada, pero sin echar la palanca. La empuje con cuidado y pase a la cuadra, subí las escaleras, antes de pasar a la habitación de los hermanos bebí un gran trago de la lechera de la alacena, mis hermanos no podían creer lo que veían. Para no  despertar a toda la familia bajamos de nuevo a la cuadra, en unos minutos me pusieron al día de todo lo ocurrido en estos últimos años.
-         ¿Pero no vendisteis a Lur y Beltza?
-         No los vamos a vender.
-         Al día siguiente los llevé al tío de Antoñana. Esos perros eran capaces de no haberse movido durante días de donde has estado, y aunque la Guardia Civil no es que tenga muchas luces, no se puede decir lo mismo de algunos vecinos.
-         Hace dos años, fui donde el tío y me traje dos cachorros de Lur. Nada más traerlos tus hijos le pusieron por nombre Lur y Beltza.
-         ¿Ha sucedido algo en la familia?
-         El abuelo se murió a los pocos meses de irte.
-         Ya, ya lo sé. Tú mismo me lo dijiste hace cinco años en Costalera.
-         No, no me contéis, seguro que acierto todo lo que ha pasado.
-         ¿Qué niño se ha muerto hace tres meses?
-         Sucedió una desgracia. Mari Jose, de cinco años, la hija del alcalde se ahogó en el pilón.
-         Ha habido cuatro muertos más. ¿No?

- ¿Puede que hayan sido: Generoso, Dionisio, Sebastiana y Romana?
- No, no. Romana anda también o mejor que nosotros. Hace tres años trajeron el cadáver de Daniel del hospital de Zaragoza. Parece que cuando estaba a punto de acabar la guerra una bala perdida se le incrusto en la cabeza. Después de estar unos años en el hospital cuando parecía que se estaba recuperando se murió de repente.
 
Bueno hermanos, no tengo mucho tiempo, voy a ver a Francisca, mañana a la mañana saldré para América, espero no tener muchas dificultades, ya no creo que nadie se acuerde de mí.  
 
Subí las escaleras de dos en dos, pronto reconocí el olor peculiar de nuestra casa.  Tantos años sin haberlo sentido, abrí la puerta y me precipité a los brazos de Francisca. Nos acercamos a la habitación de los niños, no los despertamos, pero si estuve cinco minutos mirándolos de cerca. Francisca preparó agua caliente, vertió la mitad del agua en la palangana. Bien jabonado con la navaja de afeitar bien afilada me corté la barba y Francisca hizo lo propio con el pelo. Por lo menos rejuvenecí 20 años. Nos fuimos juntos a la cama, sin darnos cuenta y sin haber dormido ni un solo momento amaneció. Oí los ladridos de los perros, padre apareció detrás de madre, lo encontré completamente envejecido, justo podía seguir el paso de madre. Fui consciente que esta era la última vez que nos veríamos. Hasta al padre le salieron las lágrimas al despedirse. 
 
Me puse una camisa de color oscuro, y con los primeros rayos del amanecer, sin despedirme de los hijos tomé de nuevo el camino del extranjero. En este caso el definitivo. Al salir  de la casa leí en El Pensamiento Navarro que estaba encima de una silla del portal: Caen en una emboscada los maquis el tuerto y el Perico en las inmediaciones de Caín. De buena me he librado pense para mí.
 
Animado y  con la sensación de haberme salvado de nuevo inicié el camino en busca de la frontera.
 
Me costó acostumbrarme a la claridad del día. El valle estaba precioso, los árboles en flor. A lo lejos divisé un grupo de gente, me dio tiempo justo para esconderme detrás de unos chaparros. Don Secundino llevaba en las manos la cabeza de plata de San Gregorio, a un lado iba un monaguillo con el hisopo, un poco más adelantados dos monaguillos con sendas cruces que justo las podían levantar, -Como ya me había tocado de pequeño cargar con aquellas cruces, ya sabía lo que era tener que llevarlas levantadas  durante los 3 kilómetros largos de procesión- detrás unos 20 feligreses. Me dio una gran alegría ver las caras de mis vecinos. De repente al pasar por mi lado se pararon, el cura tomó el hisopo y esparció el agua bendita a los cuatro vientos: "Quisdam sanctus episcopus, Gregorius nomine..." líbranos de todas las plagas, especialmente de la langosta.
 
Me quedé ensimismado durante varios minutos mirando los campos de cultivo. La infinidad de colores y parcelas, bien diferenciada cada una por los verdes ribazos de hierbas y matas.  Mil colores productos de los diversos cultivos: avena, cebada, yero... mezclados con las mil especies de hierbas y plantas silvestres: avena mala, cardos, amapolas, girasoles... Infinidad de árboles frutales salteados entre los cultivos: pomales, cerezos, manzanos, nogales y también fresnos, olmos, olivos...
 
Al entrar en el bosque me encontré con las enormes encinas de toda la vida, alguna  que podían cobijar hasta rebaños de 500 cabezas, al seguir el camino hacia arriba tuve que evitar  tres grupos de carboneros, y  los pastores que estaban cuidando el ganado en la sierra de Codés. A pesar de haber estado durante bastante tiempo escondido, solo por los andares me hubiesen reconocido.

9. En el mar

Sin darme cuenta me encontré en mitad del Océano. Rodeado de extraños, de todo tipo de gentes. Sus miradas se clavaban en mi. No me atrevía a intercambiar con los viajeros más allá de las palabras imprescindibles. Medio mareado, sin poder olvidar  la mirada triste de mis padres, entre los recuerdos familiares llegué a las Américas. Acurrucado en un rincón del barco pasaba las horas recordando las tardes invernales reunidos junto al fuego, rememorando los cuentos relatados por los mayores, o me imaginaba los aterdeceres rezando el rosario, a los niños alrededor del padre removiendo los pocos pelos de la cabeza mientras recitaba la inacabable letania:
 
Kyrie eleison
          Kyrie eleison
Christe, eleison
          Christe, eleison
Kyrie eleison
         Kyrie eleison
Christe, audi nos
         Christe, audi nos
Christe, exaudi nos
         Christe, exaudi nos
Pater de Coelis Deus
         Miserere nobis
Fili Redemtor mundi Deus
         Miserere nobis...
Sancta Maria
         Ora pro nobis
Sancta Dei Genitrix
         Ora pro nobis...
Mater Creatoris
         Ora pro nobis
Mater Salvatoris
         Ora pro nobis...
Virgo clemens
         Ora pro nobis
Virgo fidelis
         Ora pro nobis...
Vas insigne devotionis
         Ora pro nobis...
Turris eburnea
         Ora pro nobis...
Stella matutina
         Ora pro nobis...
Regina Sacramentissimi Rosarii
         Ora pro nobis
Regina Pacis
         Ora pro nobis
Agnus Dei, qui tollis peccata mundi
         Parce nobis Domini...
Ora pro nobis Sancta Dei genitrix
         Ut digni officiamur promissionibus Christi.
 
Los recuerdos de las noches desgranando maíz en la casa de Primitivo, familias enteras en amena conversación, a veces acompañados de una acordeón que tocaba un peón venido del norte de Navarra, hacía que los largos días en que no tenía ante mis ojos más que agua y más agua fuesen desgranándose poco a poco como las mazorcas en las invernales noches en la casa de Primitivo bajo la mirada agradable y sosegada de Francisca.
No fueron de menos ayuda los recuerdos de los días pasados con el rebaño de vacas en la vertiente que da a  Campezo y Zúñiga. Días de invierno, con niebla que parecía imposible dar dos pasos; pero que con la inestimable ayuda de Beltza y Lur   dejaba pastando las vacas en una vaguada, para adentrarme con la escopeta y la cartuchera bien repleta en la Dormida , volviendo al atardecer con el zurrón lleno de palomas. No fueron pocas las veces que había anochecido de lleno y todavía las vacas no habían llegado al pueblo ante la sorpresa del vecindario, y especialmente de mi padre. Sin duda fueron días duros, de mojaduras, resfriados, pero llenos de libertad. Todo lo contrario a los días de hoy, bien comido, pero sin más aliciente que contemplar el Océano.

10. El Tajo

En la entrada de la casa de Primitivo encima de la puerta destacaba una copia barata de las espigadoras de Millet, con un marco de época de gran valor. Cada vez que cruzaba el umbral no podía menos que apartar la mirada. Imagen bucólica, que para nada tenía que ver con la realidad. La tranquilidad, el sosiego, la paz y las ropas recién planchadas en nada se correspondían con las horas de trabajo que nos esperaban.
 

Contrato por un día

Viernes, cinco y media de la mañana, allí estábamos todos en fila, delante de la fuente, esperando la llegada del amo. Aquel día también se quedaron sin trabajo los mismos, los de siempre. Los más necesitados. Me vinieron a la memoria las palabras del abuelo: algún día tendríamos que acabar con este atropello.
-                Tú, tú... y tú.
-                Igual que todos los días, los más viejos, débiles y necesitados descartados.
  
La siega.
 
-No te pares. Sigue la renque.
- Le reprendió agriamente Benito al más joven del grupo.
Todavía no habían dado ni las  10 de la mañana, el día no había hecho más que comenzar, aunque ya  llevábamos 4 horas y media sin descanso.
- No puedo más, tengo todas las articulaciones doloridas, me comentó el joven que iba delante de mí, aprovechando que el amo había llegado ya al final de la hilera.
- Este ritmo es insoportable, comentó un tercero mientras agarraba con la mano izquierda, resguardada con la zoqueta, un manojo de trigo y con la hoz en la otra mano de un golpe cortaba la mies a ras de suelo. Todo ello a la máxima velocidad posible, para no quedarse atrás de los compañeros.
- Date más prisa, le reprendió de nuevo Benito.
-                Sin hacerle caso siguió rodeando cada puñado de trigo con cuatro espigas para que el viento no esparciese la mies. Tal como lo había hecho hasta ahora en todos los lugares en que había estado contratado.
-                No cojas tanta anchura, sé un poco espabilado. Mira la anchura de la renque que lleva el nuevo de Los Arcos, le comenté por lo bajo al joven que segaba la mies delante de mí.
De este año no pasa, me voy para la ciudad. Diga padre lo que diga. No aguanto más.
 
El  único momento de descanso eran los escasos segundo que teníamos para tomar un trago de agua, y de vez en cuando de vino, las menos.

No sé que es peor si cuando va tirando del grupo Benito, o cuando van a la cabeza esos dos esbirros: Cirilo y Antonio. Dos gallegos que venían todos los años para la siega a casa de Primitivo. No te fies de ninguno de los dos, le comenté. Es difícil saber quiés es más zalamero y traicionero de los dos.
 
 

Otro día

Ya estábamos todos en la plaza esperando a Primitivo, llegó primero su sobrino Benito y comenzó a señalar con el dedo uno a uno  los elegidos para el día. Este día contrató a todos los reunidos menos a uno.
-                ¿No me digas que no puedes contratar a uno más?.
-                Gabino, métete en tus asuntos, y sigue a los demás.
-                ¡Te arruinarás por pagar un jornal más!
-                Pero si hay trabajo para diez personas más.
-                Se oyó un murmullo. Pero si es el amo de medio Navarra. Será cabrón.
               ¿Para quién querrán el dinero que les sobra? Se oyó de nuevo.
-                Solo con la hacienda de su mujer, en Andosilla tienen para contratar a media Berrueza.
-                ¡Cuánto más tienen más quieren!
-                ¿Qué pasa aquí? Gritó Primitivo que llegaba al galope.
-                Nada, nada comentó Benito. Sin decir ni palabra nos dirigimos al tajo, mientras el padre de Félix tomó el camino de casa.
No se sabe si la avaricia y la racanería surgió a raíz de la compra del primer tractor que se conoció en el valle, o como se decía en el pueblo, le venía de familia. Primitivo no tuvo suerte con la compra del tractor. Con lo que se gastó en aquel tractor podía haber comprado la otra mitad de Navarra. El primer día que lo usaron se dieron cuenta del fracaso. Nada más entrar en la finca las ruedas se metieron en la tierra y no había manera de andar. Tuvieron que sacarlo con la ayuda de dos parejas de bueyes. A partir de aquel día estuvo abandonado en el cobertizo de la era.  

La trilla

Hacía un día caluroso, el calor pegajoso se mezclaba con el abundante sudor. El  polvo de la mies recién triturada invadía todos los rincones del pueblo, especialmente la era y los alrededores estaba cubierta de una canícula asfixiante.
Los caballos habían acabado de dar las primeras vueltas sobre la parva. Era el momento de poner manos a la obra. Todos los presentes tomábamos parte para  dar vuelta a la parva lo más rápido posible. Entonces comenzaba el ajetreo. La era se convertía en un hormiguero en que todas las manos eran pocas:  el movimiento, la  prisa, el correr, el ruido, el polvo, el calor, el sudor y en cierto modo también el nerviosismo se apoderaba del ambiente.
Dada la vuelta a la mies, los caballos hasta este momento atados a algún árbol a la sombra comenzaban de nuevo a dar vueltas y más vueltas sobre la mies esparcida por la era. Hacía la una y media llegaba el momento de dar la última vuelta a la mies. Mientras los demás comíamos, padre se quedaba dando las últimas vueltas con la caballería, hasta convertir la paja fuerte y rígida de las habas casi en polvo.
Con la comida en la boca, bajo un sol sofocante recogíamos la parva en un extremo de la era. Los hombres con las horcas iban recogiendo la parte principal, detrás los niños con los rastros, detrás las mujeres con las escobas, hasta por fin recoger lo que quedaba con la plegadera. Llegaba el momento crucial, la espera del aire. No siempre movía el aire, y cuando andaba no siempre era el apropiado.
Todavía recuerdo el día que entré a formar parte de los aventadores. No tendría más de 15 años. 6 hombres en hilera, encima de la parva, tirando las paladas de mies al aire con la altura y dirección apropiada. Zas, zas, zas, seguían las paladas sin interrupción. Pasada tras pasada, comenzaban a diferenciarse los dos montones el de la paja y el del grano. Una vez que se había formado el montón de grano las mujeres ibán detrás de nosotros escobeando por  encima separando las gardajas, piedras, trozos de tierra, trozos de palos.
Por último los niños cribaban las gardajas, hasta dejar el montón reluciente como el oro. 
 
 

Otro día de siega

 Sábado, las 6 de la mañana, ya estamos preparados con las hoces en el tajo. Nos encontramos ante otro día de bochorno infernal. Hoy hemos venido sin los amos, ni Primitivo, ni Benito han aparecido. Los gallegos marcan el ritmo, un  ritmo irresistible. Para las 7:30 el muchacho que el día anterior resistió más mal que bien la jornada, está ya rendido.
Hacía las 11 comenzaron a quedarse rezagados dos peones que rondaban los 50 años.
-    Por fin aparecieron dos niños con sendas cestas con el almuerzo. Lo tomamos en un santiamén y de nuevo a la faena. Dale que te pego.

-    A las 12, el  Ángelus. Un poco después llegó Benito montado a caballo. Ya casi nadie les podía seguir. Pero nadie se quedaba  atrás.
-    Cuarenta grados, toda la mañana bajo el sol, doblando una y otra vez  la cintura.
-    Dos horas para comer y echar la siesta.
-    A las 3 en punto arriba de nuevo. El calor de las primeras horas de la tarde se hacía inaguantable, cuando más calentaba de nuevo a la faena y toda la tarde sin descanso. Las horas no avanzaban, por más que mirábamos el sol siempre parecía estar en el mismo lugar.
-    ¿Ya es hora de que traigan la merienda no?  Preguntaba insistentemente el joven, que no tenía mucha experiencia en la siega.
-    No te fíes hay días en que no se merienda.
-    hoy tiene pinta de ser uno de esos. Pasaban las horas y por la senda no se acercaba nadie.
-    A las 7:30, Benito dio permiso para echar un trago de vino, y sentarnos un rato. La tarde iba hacia delante pero el calor no aflojaba.
-    Hoy también parece que seremos los últimos en marchar para casa, comentó uno del grupo.
No lo pongas en duda.
- Por fin se escondió el sol entre los montes, pero alli seguimos segando dos renques más.
-    ¿Es que no es hora de marchar para casa? Dijo completamente enfadado uno de los peones más viejos.
-    Todavía se ve, le respondió Cirilo el gallego, mirándo a Benito, que se había añadido al grupo unas horas antes.
Para Benito, y mucho menos todavía para Primitivo nunca era hora de dejar la tarea. Hoy también llegaremos a casa de noche ciego.
No te quepa la menor duda, le contesté.
 
 
La trilladora
 
Domingo, las 5 de la mañana, en casa ya estábamos todos levantados. Los hombres nos dirigimos al campo con los bueyes para acarrear la mies.  Para la hora de misa se trilló un carro de mies del Ceferino que había quedado del día anterior, se barrió hasta el último grano de la era, dejamos ya todo preparado para trillar lo que le correspondía al carbonero y acudimos todos a misa, bien nos vino el  descanso de media hora .
 
El ruido era insoportable. Se hacía imposible comunicarse hasta con el compañero más cercano. Todo era ruido. Una vez puesto en marcha el motor, el ruido era inaguantable. Pun, pun, pun, pun…
 
El sonido que sacaba la trilladora también era ensordecedor. No había una sola pieza que no estuviese en movimiento. Aunque parecía que de un momento a otro iban a saltar por los aires todos los tornillos, las ruedas, las poleas… nunca ocurrió ninguna desgracia, todo estaba bajo control.
 
A media mañana el estruendo, el calor, el sudor, el polvo, el picor comenzaba a hacer mella.

El motor, para nosotros conocido como el  “matakas” era el corazón. Las poleas eran las venas,  la polea mayor era la aorta, de 12 metros de largo. La trilladora tenía unas 20 poleas más de distintos tamaños, como si fuesen las diferentes venas del cuerpo. De todos los tamaños, algunas pequeñas, de medio metro o menos, otras de 2, 3 ó 4 metros.
Ruedas de metal que estaban unidas por maderas, que hacían funcionar a un gran número de piezas, algunas de suaves desplazamientos y otras de bruscas vibraciones. Dientes de hierro que trituraban las espigas, las cribas de ritmos suaves y horizontales.
 
Se trataba de un maremágnum en movimiento anárquico. Hasta la tierra misma parecía moverse, como si estuviésemos encima de una masa flotante. Todo estaba en movimiento.
 
En este hormiguero todos teníamos nuestro cometido. Los acarreadores, los alimentadores, los que recogían los sacos del grano, los niños que reunían  los líos, los que amontonaban la paja, los que barrían la era…
Bastante entrada la noche, llegaba la paz. Parado el motor de gasoil, poco a poco todos los demás aparatos se iban apagando tenuamente, con lo que la calma se adueñaba de nuevo del pueblo. 

Gerardo Luzuriaga Santxez