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22/03/2012

Los Morrás Arbeo

En casa de Morrás, recuerdo a la Julia, la madre del Pedro Mari, Santiago, Amalia, Joaquín, Eufrasia... y hermana de la Severiana. A Julia, la Morrasa, como decimos en Nazar, no me acuerdo de haberla visto en Nazar, pero si muy a menudo en Vitoria, donde paseaba a menudo por las calles junto a un señor de su edad. Nunca hablé con ella, pero parecía una mujer de una muy buena salud a pesar de su avanzada edad.

Cuando contaba tres o cuatro año la primera hija de Pedro Mari y Maria Paz, creo que se llamaba Mari Jose, se ahogó en el pilón del pueblo. Fue una tragedia para todos los vecinos. Nadie nos lo podíamos creer. Pero por desgracia ocurrió.

De Santiago que os voy a comentar que no sepáis. Los solteros por una cosa o por otra siempre han tenido mucha más relación con el pueblo que los casados, tal vez sea porque tienen más tiempo, o porque les gusta estar más en la calle.

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De Santiago podríamos contar infinidad de anécdotas. Era un hombre tranquilo, como casi todos los Morrases, de buena salud, y de buen apetito. Le encantaba el picante, siempre tenía guindillas que no se podían ni probar. Yo siempre lo conocí ya de solterón, pero siempre dispuesto a salir con la juventud. Le tocó salir con medio pueblo, desde padres a hijos, hasta nietos. Siempre sin prisa, y siempre dispuesto a contar algún chiste, especialmente verdes. También fue un gran músico, y un buen cantante. ¿Quién no se acuerda de las veladas en que comenzaba a contar chiste tras chiste? Le encantaban los verdes, siempre poniendo un poco de pìmienta en sus narraciones, con una risa y mirada pícara.

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Santiago fue uno de los últimos cazadores a la usanza antigua, con cimbeles y pichones. Durante años y años criaba sus propios pichones. Siempre fue muy cuidadoso con los animales. Tenía una mano especial. Durante años y años bajaba a Cáceres, se pasaba meses zumbeleando, contratado para cuadrillas de cazadores. Una noche me contó una anécdota de aquellos años. Una temporada, una marquesa se encaprichó de él, y claro está el no hizo ningún asco a tal ofrecimiento, y durante semanas aparte de zumbelear para la marquesa, entre zumbeleo y zumbeleo y también en las horas libres hacían otro tipo de ejercicios. Normalmente iban  a su puesto tres o cuatro cazadores, pero durante esa temporada tan solo iba la marquesa.

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