Ok

By continuing your visit to this site, you accept the use of cookies. These ensure the smooth running of our services. Learn more.

03/03/2022

LA MOLINERA DEL CONGOSTO

LA MOLINERA DEL CONGOSTO.
En el Valle de La Berrueza, junto al Congosto, un lugar de paso estrecho, entre dos pequeñas montañas vivía una muchacha joven, de cabellos rubios, que había perdido a sus padres de muy joven. Vivía en el molino regentado desde la muerte de su madre por un tio-abuelo, Eugenio, ya de muy avanzada edad. Por lo que los últimos años era Ana la que se encargaba del molino, movido por las aguas del Odrón.
Ana era una muchacha de piel blanca, tanto como la harina, de cabellos finos, largos y rubios, que normalmente los llevaba recogidos y tapados con un pañuelo de colores vistosos. El lugar era solitario y aislado, hasta el punto que muchas eran las noches de invierno que se despertaba sobresaltada y que ya no podía reconciliar el sueño, por lo que muchas noches las pasaba en vela, entre el sonido de la respiración entrecortada de su tio-abuelo enfermo, acechada por el miedo y el silencio de la noche, a pesar de contar con dos fieles y robustos perros.
Ana la molinera desde hacía un año conocía y había entablado amistad con un zagal que cuidaba el rebaño de un hacendado de Mues.
El corral donde se refugiaban las ovejas por la noche y en los días del duro invierno estaba a unos 300 metros del molino, en un llano junto al monte de Sorlada.
Daniel que así se llamaba el pastor era cuatro o cinco años más joven que ella, aunque debido al sol, al viento y las ropas que vestía parecía bastante mayor que ella. Moreno, con pelo fuerte, aunque muy pocas veces se le veía, pues siempre llevaba con boina.
Daniel no tenía ni casa ni pueblo, su madre lo había dado a luz en una choza de Estemblo. Su padre era carbonero. Desde joven ayudo a su padre en las labores del carbón, hasta que recién cumplidos los diez años fue ajustado por los Marqueses de Cábrega como pastor, donde estuvo hasta el año pasado que cambio de amo. No había pisado la escuela, por lo que no sabía ni leer ni escribir; pero conocía todos los secretos del monte, del campo, de los animales y también de las personas.
Saludaba a Ana cuando la veía por los alrededores del molino, la relación con Ana se limitaba a algún corto saludo y alguna conversación algo más larga algún atardecer del domingo, que eran las únicas horas en que el molino no estaba en funcionamiento.
El molino justo daba para vivir, el trabajo era duro, y no muy apropiado para una muchacha de rasgos tan finos y elegantes como Ana. Muchos eran los pretendientes que Ana tenía. La mayor parte de ellos, mozos viejos y solterones.
A la pobre muchacha no le quedaban más familiares que su tío-abuelo, ya muy mayor, y una tía monja de clausura en las Clarisas de Estella, a la que no había visto más que en una ocasión cuando acudió no hace muchos años con su tío-abuelo Eugenio a los 600 años de la fundación del Convento.
A su tía no sabemos ni cuándo, ni cómo pero le había llegado una petición de consentimiento de matrimonio para su sobrina con Primitivo, peón de los Marqueses de Cábrega.
La tía monja, asesorada por la Abadesa, y seguramente también por el Capellán de la Iglesia de Cábrega, Capellán propio de los Marqueses, dio su consentimiento al instante, sin reparar en ninguna otra circunstancia. Sin tener en cuenta ni la edad de los futuros contrayentes, ni tampoco la voluntad de su sobrina.
Un domingo de febrero, sin que Ana supiese nada se presentaron en el molino Primitivo y el cura de la Iglesia de Cábrega, Don Angel, sin más preámbulos, le comentó que todo estaba previsto para el casamiento con Primitivo, que su tía ya había dado el consentimiento y que los Marqueses de Cábrega también estaban de acuerdo. Tan sólo quedaba que ella lo tomase a bien y que si así era se celebraría la boda el segundo sábado de septiembre, que era cuando las tareas del campo ya estaban finalizadas.
Don Angel alabó las cualidades del pretendiente, entre las que no destacaban las intelectuales, ni tampoco el romanticismo como quedó patente desde el primer momento.
Ana se quedó muy pensativa y preocupada; por un lado con la boda se aseguraba la seguridad familiar, que en su caso era muy importante, era a lo que anhelaban la mayoría de las muchachas de su clase. Se acabarían las noches en vela, tendría asegurada una familia y su seguridad.
Primitivo volvió varios domingos, pero aunque no era desagradable, no llegó nunca a encandilarse de él, y mucho menos a enamorarse de aquel hombre fuerte, rudo, moreno, con arrugas muy marcadas en la frente y en la cara, de piel tostada por el sol y de manos grandísimas y peludas, y que le doblaba la edad, y más en apariencia.
- Ana se seguía viendo con Daniel como de costumbre, era una relación normal, ni seria, ni no seria, de dos vecinos; aunque tanto Ana como Daniel se encontraban a gusto charlando unos minutos. Atardeceres del domingo agradables y que los dos los agradecían, especialmente Daniel acostumbrado a la soledad y el silencio del campo y del bosque, tan solo roto por el ladrido de sus dos perros pastores, el balar de las ovejas, el sonido de los cencerros y del viento. También para Ana esos momentos eran especiales y los esperaba domingo a domingo con ansía, de manera que se hicieron habituales y cada vez un poco más largos.
- Los meses pasaban, y Primitivo acudía puntualmente a la cita, y cada día con propuestas más concretas. Ana tras mucho cavilar no pudo hacer frente a la presión del Marqués, por medio de las palabras suaves; pero inquietantes de Don Angel. Llegó septiembre y se casó con Primitivo, se trasladó a una casita aledaña al palacio de Cábrega y allí vivió como señora de su casa, el molino se abandonó. Fueron unos años anodinos, muy pronto tuvo dos hijos. Eran felices. Primitivo era un buen hombre, trabajador y poco hablador. Llevaban cuatro años de casados, casi para cinco cuando el 26 de junio a las cinco de la tarde un rayo cayó encima de Primitivo que estaba guadañando avena en una finca. Allí quedó muerto al instante. De nuevo la vida de Ana se complicó, con dos niños y otro por llegar. Se tuvo que marchar del Palacio. De nuevo volvió al molino, algunas piezas del molino no estaban en funcionamiento, el comienzo fue más duro del esperado, los vecinos del valle echaron una mano y de nuevo al trabajo desde el amanecer hasta el anochecer.
- Daniel dos meses antes del matrimonio de Ana había cogido el barco para los Estados Unidos, se había ido de pastor a las Américas. Volvió 8 años después, con el dinero suficiente para comprar un rebaño de ovejas propio, arrendó las tierras de pasto de Sorlada y Mues. Había vuelto muy cambiado, con modales distintos, alto y esbelto. Ahora parecía por lo menos diez años más joven que Ana. Lo primero que hizo es comprarse un precioso caballo, casi tan hermoso como el que tenía en California, y una casa solariega en Sorlada.
Una de las primeras cosas que hizo fue visitar a Ana. El reencuentro aunque frío, revivió aquellos momentos vividos de hacía 8 años. Poco a poco el reencuentro fue más habitual y cálido y acabaron casándose, formando una nueva familia. Vivieron felices durante años y años… y así nos han contado la historia de la MOLINERA DEL CONGOSTO.

Comentarios

me ha encantado el relato¡¡¡¡¡además es veridico???
me encantan las viejas historietas que nos reflejan como se vivia antiguamente¡¡¡

Anotado por: arantxa arruabarrena Carlos | 11/03/2022

Bueno Arantxa, benetakoa, benetakoa...

Anotado por: Gerardo | 11/03/2022

Dejar un comentario