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11/10/2007

Pinceladas de la noche más larga

7423d75adb012ecfe659e12dc37bee4a.jpgSon las 7,30h de un sábado de verano (30-07-06). Después de estar un rato en el huerto, cojo el quards y me dirijo hasta mataverde.
En el mismo corazón de este paraje pierdo el control de la máquina, con la mala suerte de que el quards me cae encima con gran violencia.

Siento un fuerte impacto en la zona lumbar. Mi primera sensación es de que todo termino. En segundos desfila pro mi mente recuerdos de toda la vida, (mujer, hijas...) clavo la mirada en mis queridas peñas de nazar que desde allí se veían majestuosas y siguiendo con la aglomeración de imágenes que se agolpan en mi cabeza, me despido de ellas. Transcurridos unos segundos, me incorporo en intento darle la vuelta al quards ( estaba a 2 ruedas).

Pero tras dos intentos y sentir toda la zona lumbar muy afectada opto por desistir para no convertir mis lesiones en irreversibles. Me “acomodo” al lado del vehículo y empiezo a tocar la bocina por si alguno del pueblo lo oyera. Desde que sufrí el accidente hasta la noche transcurrieron dos horas de luz. L tarde era templada y muy luminosa. Aquel paisaje que tantas veces me había reconfortado anímicamente ( corriendo, en bici, cazando) ahora me parecía insólito y algo irreal aun reconociéndolo la magnitud del marco. Cada 3 o 4 minutos tocaba insistentemente la bocina, sentida tan de cerca por mis sentidos pero tan lejos de mi hipotética salvación. Estos intervalos de ruido eran rotos por unos interminables y nunca mejor dicho sepulcrales silencios. A veces rotos por el canto de algún pájaro que merodeaba por los alrededores. La penumbra, que iba ganando terreno ala luz, conquistaban el manto boscoso desde las mismas raíces de las peñas de costalera. Ya llevo tiempo que mis movimientos son prácticamente nulos y los pocos que puedo realizar son tras grandes sufrimientos. Sobre las 12 de la noche ya me conciencio de que tengo k pasar toda la noche.

La noche es templada y clara con la luna llena y un millón de estrellas. Son fiestas de Ubago y la música
“ bacalao” me acompañaría toda la noche seguía tocando la bocina intermitentemente hasta las tres de la mañana, que se acabo la batería. Transcurrió la noche y las horas de inmovilidad y el frió estaban mermando psicológica y físicamente todos mis recursos. La vestimenta que llevaba era la menos apropiada para hacer frente a la frescura de la noche ( un pantalón corto y camiseta de manga corta). Por lo que con mucha dificultad y sin mover las piernas, pues cada centímetro de movimiento de cintura para abajo era un autentico calvario. consigo desmontar el asiento del quards, moviendo unicamenente los brazos, con la idea de amortiguar el frió que iba aumentando progresivamente la noche transcurrió muy lenta, no sabia que ora era no llevaba reloj. La música de Ubago, se seguía oyendo a la perfección recordándome las dos facetas de la vida: la alegría y la tristeza.
Destacar el tiempo que pase contemplando el firmamento, recalcando la cantidad de cometas y aviones que vi pasar por encima mío. Aprecie como nunca el carro de Santiago y su distinta posición a lo largo de la noche, la vía Láctea se distinguía con gran nitidez.

Otra parte del tiempo lo paso con mucha angustia: recordando ala familia, y valorando mis lesiones.
Me veía camino de Toledo. Llegue a arrancarme pelos y a pellizcarme las piernas por ver si las sentía. Luego pensaba también que controlar mis esfínteres ( orine tres veces) me reconfortaba pensando que se podía descartar una lesión medular completa, otra de mis grandes preocupaciones, era de que tuviera algún órgano interno tocado y tener una hemorragia interna. Tampoco podía quedarme dormido por miedo a entrar en coma ( aunque nunca tuve sueño).
Conforme transcurría el tiempo el frió era mas acuciante siendo al alba cuando mas lo sentí. Fue durante esos dos o tres que me entretuve masajeando sobre todo el brazo y pierna izquierda que estaba mas expuesta ala brisa que venia, otra vez, de mi siempre añorada costalera ( tantas veces ensalzada en mis tertulias y hoy me estaba jugando una mala pasada).

Por fin amanece, un gran acontecimiento para mi, puesto que estaba desorientado con el horario al no llevar reloj. Y la única referencia que tenia la música de Ubago acabo muy tarde aun con la penumbra.
Transcurridas unas 3 horas del amanecer, me parece oír un ruido de motor, al principio lejano luego mas cercano y el ruido se hace realidad. Pero en vez de coger mi camino se dirige dirección al puerto. Otra vez oigo el ruido mas cercano por lo que empiezo a gritar y a pegar con la “azada” en la parrilla del quards. Los que venían en mi busca me oyen y no tardan en llegar a mi lugar, el encuentro para mi es muy agradable. En el rostro de los que por allí pasan ( Jaime, José Miguel, Crispín, bilbo...) se refleja el momento de ansiedad incertidumbre que ellos también han pasado. Luego llegaría mas gente ( se había movilizado todo el pueblo). Entre ellos mi hermana Rosario, al abrazarme nos emocionamos y refleja también en su rostro el mal rato que ha pasado. El frió que siento es muy intenso y los allí presentes me arropan con dos cazadoras y un poco mas tarde con una manta. A la hora mas o menos aparece una ambulancia de los bomberos de Estella.

Tras los primeros auxilios de la Médico Rosa y su ATS me trasladan después de inmovilizarme con un colchón neumático y tratarme con el sumo cuidado hasta el hospital de Estella.
El trayecto se hace muy largo porque al minino movimiento veo otra vez todas las estrellas de la noche pasada, el conductor asesorado por la Médico y el otro compañero, de “ Abarzuza” coge los baches con sumo cuidado.
Escribo estas líneas postrado en la cama de mi casa.
Estuve 15 días ingresado en el hospital de Estella y aquí llevo 40 días sin poder ponerme de lado y no se cuando dejare de mirar al techo...

Hoy casi 14 meses después totalmente recuperado me e decidido a colgar estos sentimientos en la red en agradecimiento a todos los que se preocuparon por mi salud en especial a esposa e hijas.

José Javier Luzuriaga 

 

 

09/10/2007

Gabino (IV)

Aurkibidea

15. Uribe

16. Un jueves en Estella/Lizarra

17. Un día normal

18.  Los amigos

19. Epifanio

15. Uribe

Estimado Uribe. Te envío gustoso estas letras para darte a conocer las primeras impresiones de nuestra tierra. Hace unos años, no tantos. Dejamos calles embarradas, charcos, pozos, huellas de pisadas de caballerías medio llenas de agua. Los niños y niñas, corrían y gritaban por callejuelas, sin importarles los hoyos, las piedras, la maleza, los troncos, las ramas. Los más pequeños no podían sacar las albarcas de los barrizales. Las bandas de palomas caseras, surcaban los cielos revoloteando por encima de los tejados.

La primera impresión es que no ha cambiado nada. Que todo esta igual. Pero con el paso de los días me voy dando cuenta que no es así. Me he encontrado con las tierras de labranza sin ribazos, sin árboles. Las casas del pueblo han pasado de la piedra ocre a la blancura de la cal. Con la llegada de la parcelaria han acabado con la variedad de colores de los campos. Con el empleo de los herbicidas han desaparecido todo tipo de plantas vistosas y una gran cantidad  de insectos y aves.
 
Hace una semana estuve en tu pueblo. Todos te recuerdan. Pero eso también ya te lo contaré en otro momento. Me ha encantado tu pueblo, verdaderamente tengo que reconocer tu humildad.
 
También el frío y las nieves hacen su aparición por aquí. Como bien lo recordarás. No sé si es la edad pero la humedad cada vez se me hace más  dura. Espero poder hacer de cicerón cuando vengas por estos lares. Lo que te he contado tantas veces, no es nada con la realidad. El juego de pelota, navarro, de una sola pared, las  encinas que bordean el campo de fútbol, troncos huecos, ramas rejuvenecidas, solemnes, dignas de ver.
 
Hoy  lugar apropiado para encontrar el sosiego, la tranquilidad, el silencio, la calma; lugar sin igual  para pasear entre encinas, robles, hayas, bojes, sabinas, ginebros, tejos junto a fuentes altas; montes antaño poblados de carboneros y pastores. Hoy remanso de soledad.

Parece que fue ayer cuando regresé, pero ya llevo un año y medio por estas tierras. Ayer me di  una vuelta por Otiñano, el pueblo en el que llevó acabo sus andanzas el brujo de Bargota. El que según dice la leyenda convirtió al cura de Otiñano en un peñasco puntiagudo con forma de obispo, los leñadores todavía dicen que lo ven vagando entre los  montes en los días fríos y nubosos de invierno.
 
Amigo Uribe los tiempos han cambiado, en estos pueblos que hace unos años no se conocían más que los brabanes, las layas y las hachas hoy no se ven más que tractores y cosechadoras. Ya no se ven los cerdos sueltos, las gallinas y los pollos picoteando de un lado para otro. No  quedan más que dos caballos y alguna vaca que otra para leche. Todas las semanas me doy un paseo hasta Mirafuentes, normalmente aprovecho para mantener largas conversaciones con el secretario del pueblo, Pablo Antoñana. Hace dos semanas te envié su última novela. Espero que sea de tu gusto, a mí me ha traído muy buenos recuerdos.
 
Volviendo de nuevo a mi pueblo, sólo una familia sigue trillando a la vieja usanza, y sólo cuando siembran habas en un terreno que no puede entrar la maquinaria. Es todo un acontecimiento presenciar como limpian la era, como la allanan, segando la hierba, rellenando los huecos, quitando los pequeños montículos con los azadones, para pasar al final la escoba, dejando la era más limpia que la patena. Sólo es un día y no todos los años; pero no te puedes imaginar la ilusión que me ha hecho ver extender la parva, ver las caballerías dar vueltas y vueltas con los niños del pueblo montados en el trillo.
 
No creo que les salga muy rentable en los tiempos que estamos, sembrar y segar a mano, sacar los haces al hombro hasta el camino, trillar; tampoco creo que esta familia siga haciendo todo lo anterior por devoción, ya sabes que en el campo manda el dinero.
 
Camarada Mauricio,  aunque los primeros días parece que todo es nuevo,  que hemos venido a otra tierra, en definitiva no ha cambiado nada. Siguen vivas las costumbres de siempre.

16. Un jueves en Estella/Lizarra

Hace frío. ¡eh!
¡Que va! Hoy no hace para tanto.
Más vale. Le contesto,  mientras me coloco bien la bufanda.
Ya llevamos cinco minutos oyendo el ruido del motor de La Estellesa , pero no aparece.
Entramos a empujones en busca de calor. Imposible. Por las ranuras se cuela el aire frío. Llevamos una hora pasada de viaje para hacer los escasos 25 kilómetros. Este trasto tiene parada obligatoria en todos los pueblos, aunque no haya nadie esperando el conductor hace la parada reglamentaria. En Murieta suben alrededor de 10 viajeros. Por fin llegamos al destino.
 
¿Vamos a almorzar al Cachetas? Me comentó Florencio nada más llegar a Estella. Almorzamos unos callos acompañados de una botella de vino tinto de Mañeru.
 
-Yo pago. Se echó la mano al bolsillo y sacó una cartera vieja atada con una goma. La abrió y dejó a la vista un fardo de billetes.
No, pago yo.
Ni pensarlo, pago yo. Y no se hable más.
¿Hoy no tomamos copa o qué?
Claro que sí.
Saca una copa de Cadenas. ¿Tú que quieres?
Una copa de Terry.
Saca una copa de cadenas, otra de terry y un faria.  Le digo al dueño del bar, y cobra todo.
No. No. Estamos en Estella y pago yo, dijo medio enfadado Florencio. Lo hago yo.
Bueno a medias y no se hable más.
 
De allí nos dirigimos a Casa Miquelez, pido dos cajas de cartuchos, una de la marca “El halcón” y la otra de “Trust” y una piedra de afilar la guadaña. Después fuimos a la tienda de ropa Armañanzas a comprar dos camisas de cuadros y dos boinas Elósegui.
 
Sin darnos cuenta se nos han hecho las 12 del mediodía,  Estella parece un enjambre. Cada dos pasos que damos saludan amigablemente a Florencio.
Buenos días Florencio.
¿Qué tal pareja?
Hola nazarenos.
Buenos días. Hoy también os habéis animado a venir. ¿eh?
¿Qué pareja, no queréis saber nada con los pobres?
¿Qué tal la cosecha por la Ribera ?
¿Desde cuándo somos de la Ribera ? Le comento sorprendido a Florencio. Ya sabes, que para los de la Montaña , los de Estella para abajo somos de
la Ribera.
 
¿Tanto tiempo sin vernos, Florencio? ¿Qué tal cosecha tenéis por La Berrueza ?
¿A cuánto paga la robada? ¿Cuántos kilos por robada estáis cogiendo este año? Comentan que esta cosecha es buena.  Nos siguen preguntando sin esperar la respuesta. Me dio la impresión de tratarse de un diálogo entre sordos.
Florencio para todos tenía respuesta.
No,  no, este año no ha sido buena cosecha, al final se ha quedado corta.
No ha producido ni la mitad de lo que se esperaba.
El sol de los últimos días le ha apurado, las espigas no han granado como se esperaba.
De paja bien, pero el grano se ha quedado pequeño.
De nuevo me han sorprendido las respuestas de Florencio, pues en el pueblo decían que este año había sido una buena cosecha.
- Le he comentado al oído ¿Pero en el pueblo no comentáis que ha sido una buena cosecha?.
Sí, pero...
No esperaba encontrarme con semejante ambiente. Un verdadero ir y venir de personas. Florencio se encuentra en su salsa. Tanto que la cojera del pueblo no se le notaba para nada.  Parece el marqués de Cábrega. Si todos los que le saludan supiesen que no tiene ni cinco robadas de tierra, si supiesen que sus propiedades no llegaban a las dimensiones de un campo de fútbol. Estaba abstraído en estos pensamientos cuando nos ha convidado a un chiquito Antonio de El Busto, por él hemos sabido que en la zona de Los Arcos se habían plantado grandes terrenos de viña nueva.
 
Hacia tiempo que no comía tan bien. Menestra, y cochinillo asado.  Un poco caro ya nos ha salido, ha tenido que decir Florencio.
¿Qué te apetece una partida al mus o un partido de pelota?
Pelota, al mus ya jugaremos en el pueblo.
No creas, no es lo mismo, las partidas de los jueves son especiales.
Con el puro en la boca he entrado en el trinquete.
¿Qué hora es?
Las tres y media.
Ahora comenzará el partido. Vamos.
Ya estaban calentando los cuatro pelotaris. Uno de ellos moreno, de pelo rizado, Chichán.
El partido está por comenzar, Chichán contra los otros tres de Abárzuza. He aprovechado que Florencio se ha quedado en el servicio para jugarme mil duros a favor de Chichán.
Saca Chichán, ha salido la chapa roja. El primer tanto inacabable, más de 60 pelotazos. Chichán a la defensiva, ha levantado seis o siete pelotas que parecían inalcanzables.
6-0. El partido no puede ser más peloteado. Los tantos largos, pero al final todos caen del lado de los de Abárzuza.
Joder que mala suerte, me digo para mí.
12-1. Falta de saque. Más vale. Chichán parece derrotado. Sin fuerza. No es su día. Parece que la mano derecha la tiene tocada. No puede pasar ni una pelota del cuadro seis.
15-4. Florencio, ya he perdido mil duros. Al pelotari de Estella lo veo resignado. Acabado.
¿Has apostado o qué?
Sí.
No te preocupes todavía no has perdido. He visto muchos partidos de Chichán. No te puedes fiar, ¿Quién te dice que no está perdiendo aposta? Otros partidos mucho más comprometidos que éste le he visto darle la vuelta. Es conocido en todo Navarra, que ni los familiares y amigos de Chichán  se atreven a apostar cuando juega él, ya que no es la primera vez que los ha usado para manejar las apuestas. Muy pocos saben cuando sale a ganar o a perder.
17-4. Dos tantos más a favor del trío. El último tanto muy bien trabajado. Chichán ha tenido el trío a su antojo, de adelante atrás, del choco al ancho. Dos o tres veces se han estorbado entre ellos. Se les ve sudados, cansados, mientras Chichán ahora parece fresco, como si fuesen los primeros tantos. Pero al final comete un nuevo fallo estrepitoso. Un nuevo fallo. Y van quince por lo menos.
18-4. Se acabó. Adiós a los mil duros. Si todos los trinquetes son especiales, el de Estella es más. Sin fraile, sin tejadillo. En el frontis, sin embargo, hay dos pequeñas ventanas con una red de alambre. Si se acierta a dar en ellas el tanto es seguro, ya que la pelota se queda muerta.
Chichán ha entrado en el partido. La mayoría de los pelotazos los está poniendo en los cuadros traseros. Ha conseguido seis tantos seguidos.
19-10. Es la primera pelota que pega en la red de la ventana. Eso es suerte. Cuando parecía que el partido daba la vuelta...
20-10. Los contrarios saltan como si hubiesen ganado el partido.  Chichán consigue el saque de un fallo garrafal del delantero más joven de Abarzuza.
20-16. Chichán saca tres saques cortos, encima de la chapa, cruzados, imposibles de restar. El partido se ha animado. Todavía parece que está vivo.
21-16. Me jugaría el cuello que este tanto también lo ha perdido porque ha querido. Se oyen los primeros pitos.  Gritos. Florencio y yo nerviosos, y no solo por los mil duros, sino por el ambiente, el griterío. El único que parecía tranquilo en todo el frontón era Chichán. Comenzó a hacer diabluras, cortadas encima de la chapa, ganchos de izquierda al ancho.
21-21. Conseguido con un saque malvado, imposible de levantar.
21-22. Se acabó. Chichán campeón. Una dejada en el ancho. La mayoría de los espectadores la hemos visto mala, claramente ha pegado en la raya, en la parte de fuera además, también a Florencio y a mí nos ha parecido mala, como a la mayoría del público, pero el juez se ha quedado impasible.
Aunque no ha llegado al escándalo, los gritos de tongo, tongo se oyen en la plaza de San Juan y hasta en la de Santiago.

17. Un día normal

A las 11 en punto, como todos los días salgo de casa en busca de Florencio, Benito, y Felipe. Acaricio el perro  que está tendido al sol enfrente de la puerta. ¡Qué raro, a pesar de llegar cinco minutos tarde no hay nadie esperando! He mirado de nuevo a mi “Folch Mar”, no es extraño, me he dicho hace un bochorno insoportable. ¡Quién es capaz de resistir esta chicharrina! Pasados diez minutos, cuando ya comenzaba a impacientarme aparece Felipe, cojeando como de costumbre, pues había perdido un pié en la Guerra Civil.   Inválido de guerra para cobrar. Pero uno de los más hábiles para andar entre los setales y recogiendo biércol para hacer las escobas. El único que sigue usando tabaco picado cuarterón. 
 
                Pasada media hora llega Florencio.
¿Habrás dormido bien, no?
De primera, ¿qué se puede hacer sino con este calor?
¿A qué se debe esas sonrisas?
¿Risas?
¿Con quién has soñado? Le he preguntado maliciosamente.
¿Acaso has soñado qué eras el rico del pueblo?
No me ha respondido. Ya que he acertado de medio a medio. Se le nota que ha soñado ser el amo del valle.
 
Aprovechado la sombra de los árboles, y siguiendo el ritmo de Florencio, -cada día le cuesta más andar, hoy hasta arrastraba  la pierna derecha- paso a paso hemos llegado hasta un peñasco junto al camino, donde hemos aprovechado para tomar un nuevo respiro de un cuarto de hora, mientras Benito y yo nos liamos un cigarrillo.
 
No sé si se debe al cansancio o a la ilusión de ver que nos vamos acercando a la vieja fuente lo que hace que los latidos del corazón se hagan más palpables.  La fuente está igual de cuidada que cuando la dejé. El caño sigue protegido con la misma media teja. 60 años y sigue todo igual.  Bebo un buen trago del chorro, aunque lo mío  me ha costado agacharme hasta el chorro de la fuente.
 
Benito nos sigue unos cuantos metros por detrás.  El camino de vuelta lo hemos hecho casi sin esfuerzo, gracias a las anécdotas que nos ha recordado Benito, como si le hubiesen sucedido el día anterior. Comenzó ¿Recordáis el día que se me escaparon las vacas cuando las llevaba la pilón a beber agua? No tenía todavía ni 12 años. No sé a que se debió pero en vez de tomar el camino de casa como todos los días, tomaron el camino de Otiñano. Cuando parecía que ya les iba a tomar la delantera, y lograría cerrarles el paso, echaban de nuevo a correr. Así llegaron hasta el río Odrón, donde inexplicablemente se dieron la vuelta, y no es que fuese por el caudal del río, pues era verano y justo corría un riachuelo sin agua.
 
Sin interrupción alguna continúo. ¿Os acordáis del señor Undo?
¿De Veremundo? Pregunto Florencio.
Sí, sí del que vivía junto al nogal de
la Pinta.
Cóm o no nos vamos a acordar. Respondió Florencio.
Aquel hombrón de dos metros, de unos 160 kilos, con los pantalones en las rodillas, con el culo medio al aire.
Ya sabéis como durante el verano solía venir de peón a nuestra casa. No había otro en todo el valle que tuviese tanta fuerza como él. Nadie del pueblo resistía más de dos horas en la aventadora que se trajo de Vitoria de la fábrica Ajuria. Undo, sin embargo, agarraba la manivela con las dos manos y vuelta tras vuelta, cada vez cogía más velocidad, con lo que separaba una gran cantidad de grano. Eran necesario que dos de los peones más finos estuvieran durante todo el día abasteciendo la máquina de mies.
 
Pero no sólo era especial en el trabajo, también lo era en la bebida, al cabo del día se bebía siete litros de vino como nada.

18.  Los amigos

Era sábado, la hora de reunión con los amigos hace rato que había llegado, pasaban los minutos pero no llegaba nadie. Se avecinaba una tormenta, era un día de esos en que las moscas estaban pesadas, se posaban en los brazos y picaban de vez en cuando. Llegó Felipe. Estaba más nervioso que de costumbre. Deja a las moscas en paz, que me estás poniendo nervioso. Le comenté. Allí estaba sentado, impasible como perdido, moviendo la boina de un lado para otro, dando golpes encima de la mesa con lo que dejaba cada vez seis o siete moscas muertas y otras tantas atontadas revoloteando alrededor nuestro.
 
Florencio y Benito llegaron a la vez, sudorosos. No se si se debía al viento sur, pero Benito parecía más nervioso que de costumbre. Toda la tarde la pasamos sentados a la sombra comentando los temas de costumbre.
 
Tú si que andas bien, Gabino.
¿Bien? Como siempre, ni bien, ni mal. De unas cosas bien, y de otras bastante escaso.
Sí, Gabino, sí. Tú si que estás de primera, y también este medio inválido. Dos meses con los Nacionales, y mira le ha quedado una pensión de general para toda la vida.
¡Tenéis todo el dinero que queréis!
No me lo podía creer. Florencio de nuevo me sorprendió repitiendo las mismas retailas de todos los días. 

Qué raro Felipe no llega hoy, seguro que está enfermo.  Repetía  Benito una y otra vez, sin darse cuenta que Felipe se encontraba tranquilamente sentado a su lado.   
 
A eso de las 7 de la tarde, nos pusimos a andar, con la intención de llegar hasta la fuente.
Vosotros si que estáis bien.
Pero Florencio, ¿De qué te puedes quejar? Tenemos todo lo que queremos, salud, y dinero no nos falta. ¿Qué más queremos? Somos ricos, tenemos de sobra para vivir.
 
No, no  nos podemos quejar comenta también Felipe, a pesar de que no nos tiene acostumbrados a este tipo de comentarios personales.  
Tú sí. Le responde agriamente. Con tu sueldo del estado. Por dos rasguños de nada y rico para toda la vida.
 
Nosotros ya tenemos que estar más preocupados por la salud que por el dinero, amigo Florencio. Le respondo, malhumorado.
Jode, jode, ¿Cuánto te ha costado rehacer la casa? ¿Seguro que has pagado medio millón de pesetas? Claro ¿como a ti las empresas de América te dan dinero a manta,  y tu Felipe como con lo que cobras del gobierno no sabes ni donde meterlo? Así cualquiera está solo preocupado por la salud.
 
Esto si que es vida, no lo cambiaría por nada del mundo, me salió de dentro mientras tomábamos un trago fresco de la fuente.
Desde luego, como tienes todo lo que quieres.
No comencéis de nuevo. Por favor. Nos sorprendió a todos Benito.
 
¡Qué fácil ve la vida, el que la tiene resuelta de antemano!
Pero ¿Qué es lo que te preocupa?
Soy viejo. No sé donde acabaré. Lo que veo en casa, lo que me espera no es nada agradable.
Te prometo que no te faltará de nada, tendrás todo lo que te haga falta y más. Tranquilo. Comenté, aunque sabía que para lo que el necesitaba tenía de sobra y también para diez como el. Pero…
No, no, no es eso. Hablo de la seguridad, no de caridad. ¡Qué sabréis vosotros!
 
Al atardecer, acudimos al altillo desde donde divisamos todo el valle, a lo lejos se ven seis cosechadoras y otros tantos tractores faenando en los campos. Allí permanecemos las horas muertas sentados, siguiendo el vuelo de las mariposas y los aviones, oyendo de lejos el piar de los pájaros, y especialmente nos llama la atención el vuelo de una babuta con su cresta de colores vivos y diversos.
 
Pasan las horas. No apartamos la vista de las cosechadoras rojas de la marca Laverda, que poco a poco van acabando con el cereal como si de langostas se tratasen. 
 
¿Por qué no hacemos una cena como las de antaño?
Podemos aprovechar que mañana es jueves. Le podemos decir a Gloria que nos traiga todo lo necesario de Estella.
Dicho y hecho.
Para cuando vinieron los amigos, ya tenía preparada la sopa de ajos, la merluza al horno y el cordero.
Trae más vino
Llené de nuevo el porrón.

 

¿Florencio te acuerdas lo que nos ocurrió un jueves en Estella?, tendríamos unos 20 años. Entramos a una bodega a comprar dos botellas de anís las cadenas. Una vieja de Bearin estaba contando una historia triste y bastante desgraciada. Cuándo acaba la mujer de contar la historia, no se le ocurre a Florencio más que decir ¡qué triste, qué triste!. Y todos los que estaban en la tienda entendieron ¡que chiste, que chiste!.
Florencio repetía y repetía triste y ellos entendían chiste. Y cuánto más lo repetía más se mosqueaban los clientes. Florencio repetía ¡Qué triste! Y  la cara de los clientes se iba encendiendo más y más.
¿Pero qué os ocurre? Se enfadó Florencio. Pero si lo que estoy diciendo es lo más normal.
Normal, normal será en tu pueblo.
Al final por fin de tanto repetir, a Florencio se le ocurrió cambiar la frase y en vez de usar la palabra triste, usó la palabra pena. ¿Pero no me digáis que no os da pena a vosotros qué aquélla pobre mujer se tuviese que ir del pueblo porque lo mandase el cura? ¿No me digáis que no os parece triste? Se acabó la discusión. Se acabó el enfado. La frase tuvo sentido y todos la entendieron.
Y todavía una persona de Lezaún mirándonos fijamente nos dijo,  pero que pasa ¿Qué no sabéis pronunciar la tr o qué demontre pasa aquí?
¿Y vosotros no os habéis dado cuenta que usáis un tono cantarín en todo momento? Completamente aburrida tenéis a media navarra con vuestro ico, ico. Recadico, mocetico, ratico… les respondió Florencio bastante enfadado y dolido.
 
 
Eran las 12 del mediodía del día siguiente, y Florencio no aparecía.  Poco a poco comienzo a impacientarme. Normalmente él es el primero que llega. Ya pasaba media hora, cuando me pareció ver el 127 blanco del médico aparcado enfrente de la casa de Florencio. Preocupado bajé hacia su casa. Bajo poco a poco, sin prisa, aunque preocupado, pensando que le habría ocurrido algo serio. Nada más empujar el ventanillo de la puerta me encuentro con Florencio sentado tranquilamente en la  mecedora de caña medio adormilado.
 
Habrás dormido bien, ¡cabrón!
¡Qué cojones haces ahí tumbado! ¿No es hora de dar el paseo?
¿No sabes qué hora es?
No voy a saber.
El hijo anda con fiebre. La nuera ha tenido que salir y me han dejado encargado de la casa.
 
Fuera hacía un sol sofocante, por lo que hemos decidido quedarnos charlando, aprovechando la frescura del portal. Nos ha dado pereza salir, y hemos pasado la mañana en el portal. Sin venir a cuento me ha comentado Gabino, creo que no nos conviene meternos en discusiones como las que hemos tenido estas semanas pasadas. Recuerdas la que tuvimos hace unos días. Qué la luna de día era imposible que saliese y mucho menos que la viésemos desde la tierra. Pues, rediós, al siguiente día de haber tenido la discusión salgo a la puerta de la calle y allí que me la veo. Más clara y reluciente que en una noche de invierno estrellada. Joder, qué rabia me dio.
 
Gabino, no merece la pena enfadarnos por tonterías. 
A nuestra edad y andando como mocetes. Pensé para mí. A punto estuve de hacer alguna gracia, pero me callé. Bajé la cabeza  y traté de decir algo coherente pero sin darle excesiva importancia al tema.
 
Tienes razón Florencio, al fin de al cabo, no somos más que tres gatos, y pasamos todo el día juntos. No merece la pena discutir y enfadarnos. Total no podemos resolver nada.
¡Pues no nos hemos juntado dos buenos cabezones!

19. Epifanio

Son las 12 y media. Tocan a la puerta. Es el cartero, Epi, que como todos los días hacia esta hora suele pasarse con la correspondencia. Un enamorado de la caza. Sin prisa. La destreza de sus cachorros, y el ciclismo son sus temas favoritos. Desde que ha cambiado su vieja bicicleta por la lambreta no tiene prisa para volver al pueblo.
En la época del Tour, aunque no sabe leer, para cuando llega a casa, se sabe de pe a pa lo que traen el Diario de Navarra y el Pensamiento Navarro sobre ciclismo. Nos pasamos la mañana comentando las hazañas de Carlos Echeverria, Francisco Javier Galdeano, Gabica...
 
Desde que Florencio no me visita tan a menudo, la llamada de Epifanio, se ha hecho imprescindible. Es un hombre de pueblo de toda la vida. Un hombre avispado, nunca fue a la escuela. Pero capaz de amoldarse a cualquier oficio y circunstancia. Es cartero sin saber leer. No hay nada que él no sepa de este valle.
 
Especialmente los días de invierno  pasamos horas y horas comentando los acontecimientos del pasado. De él he conocido los nombres de los delatores en tiempos de la postguerra, los detalles de los fusilamientos. Los lugares y los participantes en las reuniones secretas. Quienes fueron los verdaderos instigadores de las decisiones más comprometidas y los autores de las acciones.

Gerardo Luzuriaga

04/10/2007

Laguna

No es fácil decir con palabras, lo que se siente de verdad. Tampoco es preciso decir nada, pero en estos momentos me apetece escribir esto: Rubio, fuiste ejemplo de casi todo, y también ahora lo has sido, has llevado la enfermedad con dignidad. Txapo.

Aurelio. Te echaremos en falta. Es más haremos una juerga en tu memoria. No es fácil dejar huella en esta vida. Ahora que no estás lo podemos decir tú has dejado una profunda huella. No te olvidaremos tan fácil.

Rubio. En el fútbol, en la taberna, en el trabajo, en las juergas... te recordaremos.

Ez da batere erraza lagunei buruz hitz egitea, dena dago soberan, baina beste aldetik, barrukoa izan arren, edo izateagatik beharrezkoa da era batean edo bestean ateratzea.

Joarkide

03/10/2007

Gabino (III)

 Aurkibidea

11. La casa

12. Engracia y Crescencio el hermano mediano de Gabino

13.  Vuelta al pueblo

14.  El pueblo

    11. La casa

Si la vida de los hombres era difícil, no era más sencilla la de las mujeres.
Josefa, la madre de Paula, como la mayoría de las mujeres, trabajaba en las labores del campo como uno más. En las labores agrícolas no existía diferencia de sexos.
-    ¿Todavía no tienes preparada la comida? Le gritó su marido
-    ¿Cuándo quieres que la haya preparado? Bastante con que la tengo hecha desde ayer.
-    Los hombres comieron y se fueron a la siesta. La madre de Paula,  sin embargo, se puso a fregar los cacharros y a preparar la cena... 
Josefa no conocía el descanso, ni en verano, ni en invierno. En las faenas del campo no se quedaba atrás. Igual en la siega, que en la escarda, que en la siembra, como el resto de las mujeres, era normal ver a Josefa con la capaceta colgada al hombro esparciendo  la simiente como si de otro peón más  se tratara.
 
Las horas de la colada eran los únicos momentos de esparcimiento.
-    ¿Ya sabéis lo que le ha ocurrido al hermano mayor de Gabino?
-    ¿Qué le ha pasado,  pues?
-    He oído que se le ha ido de casa la mujer.
-    Ya me parecía a mí demasiado remingada, esa señoritinga de Zúñiga. Ya decía yo que no le iba a durar ni una semana. Comentaba Teófila maliciosamente, mientras frotaba y frotaba unos pantalones sucios.
-    Sí si, se casaron en Zúñiga, en el pueblo de la mujer, han pasado  el viaje de novios en San Sebastián. Hace cuatro días volvieron al pueblo y según tengo oído nada más ver la casa puso mala cara, y le ha hecho la vida imposible al pobre marido.
-    Sí, si así es comentó otra mujer, yo la he visto marcharse con una maleta; pero no sabía que se iba para siempre, aunque si que me pareció raro que se fuese tan pronto, a los cuatro días de llegar, pero pensé que tendría algún familiar enfermo que atender.
-    Sí, si un familiar enfermo que atender comentó una joven, a la vez que cogía de la banasta una prenda, la metía en el agua, la enjabonaba, la volvía a meter en el agua, frotaba las manchas más resistentes y llamativas, para meterla y sacarla rápidamente de nuevo una y otra vez. No callaba, se le juntaba una palabra con otra...  menuda pájara es ésa, ya me comentaron mis hermanos, siguió murmurando la joven mientras cogía la prenda entre las dos manos y la estrujaba como si del cuello de un gato se tratase.
Lo que ocurre que no todas son tan  sumisas como nosotras comentó Paula. Las palabras de Paula dejaron boquiabiertas al grupo de mujeres, aunque no tuvieron inconveniente alguno en seguir criticando aquella mujer que justo conocían.

La jornada de todas estas mujeres  comienza muy de mañana, antes del amanecer, cuando menos a las seis de la mañana, y siempre media hora antes que sus maridos se pongan en marcha.
Josefa (como cualquier mujer del pueblo), la mujer de Gervasio, nada más levantarse acude a la gavillera en busca de abarras, ramas secas y delgadas que conservan las hojas secas, muy útiles para prender el fuego. Sube al pajar a por un buen montón de astillas, que deja al lado del fogón. Se lava la cara y se peina. Prepara los tazones para el desayuno de los dos cuñados solteros y de su marido, a la vez que arrima a la chapa del fuego los pucheros de la comida ya casi preparados la noche anterior.

Para cuando Gervasio se despierta ya le tiene preparado un perol con agua caliente, el jabón y la brocha de afeitar, pues hoy es jueves y Gervasio tiene la costumbre de rasurarse la barba todos los jueves y domingos, especialmente los jueves que va a Estella a vender las escobas de biércol. Esta semana hará una excepción y no acudirá al mercado de Estella.

Josefa coge un puchero vacío , se calza las albarcas, se pone por encima un abrigo que se encuentra colgado de un clavo junto a la puerta de salida de la casa y sale hacía el pajar donde guardan las gallinas, los conejos, una cerda y las dos cabras. Ordeña en un periquete las dos cabras. Vuelve de nuevo a casa y pone a cocer la leche recién ordeñada. Los hombres desayunan en los tazones café con leche con sopas.

Josefa echa tres astillas grandes al fuego, aparta la cazuela principal del fuego, cierra el tiro y se dirige de nuevo al pajar. Ya ha amanecido. Parece que el día será bueno, caluroso. Abre la puerta del pajar, por las que salen el gallo y las gallinas a picotear por los alrededores del pajar. Se acerca a las conejeras, les echa un puñado de lechocinos que había recogido la semana anterior junto al camino de mataverde. Llena los bebederos y por fin suelta las cabras que bajan ellas solas a la picota donde espera el pastor de las cabras, ya casi con el rebaño completo.

Vuelve de nuevo a casa. Se calza unas zapatillas viejas, cuelga el abrigo en el clavo de junto a la puerta, y coloca las albarcas encima del mueble en el que los hombres tienen algunos utensilios de tamaño no muy grande, como el hacha pequeña, dos hoces para cortar la maleza de alrededor de la casa, una caja con puntas, clavos y el martillo.
Da una vuelta por los cuartos de los padres de Gervasio y de los niños. Sigilosamente mira desde la puerta, la madre duerme plácidamente, el padre ya hace horas que carraspea y se le oye dar vueltas en la cama. Los niños duermen apaciblemente.

Los hombres ya han desaparecido de la cocina. Josefa lleva los cacharros del desayuno a la fregadera. Prepara las alforjas que llevarán al campo. Hoy vendrán a comer, abre el cajón del armario y mete medio pan , un buen casco de chorizo y medio queso blando en una tartera y coloca todo en las alfojas. Mete una botella de vino y otra de agua cada una en un lado de las alforjas, las deja colgads de una punta que sobresale de la viga del pasillo, al lado de la alacena donde se guardan las hachas. Coge una cebolla, unos pimientos y cinco guindillas verdes, un puño pequeño de sal gorda que la envuelve en un trozo de papel de periódico y coloca todo dentro de las alforjas.
Ya se oyen los perros en la calle de abajo, Josefa se asoma a la ventana y ve como los cuñados están ya ajustando la cincha al caballo. Ya están listos para marchar al tajo. Gervasio sube las escaleras, coge las alforjas, y con un hasta luego desde el pasillo se despide de Josefa.
Josefa retira del fuego la leche, que como de costumbre ya se ha sobrado. Mira por la ventana como se van los hombres al campo, los despide con la mano, pero ellos no se dan cuenta. Arrima a la chapa un cacillo con un poco de café y mucha leche , hace unas sopas con el pan duro y se sienta a desayunar. Retira el tazón usado a la fregadera.

Coge el cubo de la leche vacío y baja las escaleras que dan al corral. Se calza unas botas viejas y limpia la cama de la vaca y el caballo. La vaca agradece la paja limpia, arrima el morro al suelo,  da dos bocados a la paja nueva de debajo de las patas. Josefa coge el taburete de tres patas de un hueco de al lado de la puerta y se dispone a ordeñar a la vaca. Poco a poco el caldero se va llenando de leche. Josefa sube la leche a la cocina, la pasa por un colador grande y la separa en 12 botellas de litro y otras nueve las rellena con medio litro.

Entra en la habitación de los suegros, abre un poco los ventanillos, por donde entra la luz de la mañana. Levanta al abuelo. Le ayuda a vestirse y poco a poco llegan hasta la fregadera donde se lava la cara con abundante agua. Le ayuda a sentarse junto a la mesa de la cocina. Vacía los orinales del cuarto de los cuñados, y de los abuelos. Hace las camas de los cuñados y la suya propia. Entra en el cuarto de los niños y los va despertando suavemente. Les deja encima de la mesilla la misma ropa que habían usado el día anterior. Se dirige de nuevo al cuarto de la abuela, le habla y la despierta cariñosamente. Le comenta que hoy toca baño. Llena un cuenco de metal con agua hirviendo que tiene en la chapa del fuego, la mezcla con agua del grifo hasta dejarla tibia. Levanta a la abuela, la limpia con una esponja desde los pies a la cabeza. Hoy no le lava la cabeza.

Prepara cinco tazones con café con leche y sopas. Desayunan los cinco, sin prisas. Recoge los tazones y las cucharas de los cinco últimos que han desayunado. Friega los cacharros amontonados en el pozo izquierdo de la fregadera.
Pasa un trapo mojado por encima de la mesa, y un trapo seco por encima del armario, barre la cocina y el pasillo, saca toda la porquería al patio, donde cambia la escoba de casa por la de biércol. Barre por encima el patio, y lo mayor de la calle, entra al patio y esparce cuatro calderos de agua por el patio y la calle. Aprovecha para echar otros dos calderos a las plantas.

Abre las ventanas de los cuartos, quita las sábanas de los abuelos y las saca a airear a la ventana. Comienza a hacer las camas y los cuartos de los niños, recoge las sábanas y hace la cama de los abuelos, quita el polvo por encima y de vez en cuando atiende alguna vecina que llega en busca de la leche que tiene ajustada.
Ayuda al abuelo a salir al poyato de la calle, donde se sienta. Coloca a su lado a la abuela sentada en una silla de ruedas. Allí estarán hasta la hora de comer que coincide con el momento que el sol invade el rincón donde están sentados los abuelos.
Josefa reúne la ropa para lavar. Hoy no es día de colada. Todavía no hay suficiente ropa, esperará a mañana o pasado para bajar al pozo a hacer la colada. Se da una vuelta por el pajar, recoge los huevos que han puesto las gallinas, les pone pienso y agua a los conejos, en el momento que se acuerda que tiene que subir al palomar a poner agua a los pichones. Deja los huevos en casa. Sin quitarse la bata atraviesa todo el pueblo para ir a casa de Celes en busca del pan, charlan un rato y Celes le pone los cuatro panes redondos que tiene concertados para ese día. Se tropieza con unos cuantos vecinos a los que saluda y vuelve deprisa a casa. Les saca a los abuelos un vaso de agua fresca y le coloca bien el vestido y el pañuelo de la cabeza a la abuela. Le comenta si tiene frío, pues están en un lugar en que la sombra no deja penetrar los rayos del sol radiante. Echa de nuevo una astilla al fuego.

Pone la mesa con los nueve platos, cucharas, tenedores y cinco vasos. Los hombres beben del porrón. Llegan los hombres del campo. Los dos niños mayores bajan la vaca a beber agua al pilón. Los hombres sin mediar palabra se sientan a la mesa. Josefa saca el porrón lleno de la fresquera. El niño pequeño sube con el barril lleno de agua fresca de la fuente. Los hombres, incluidos el abuelo, después de comer se van directos a la siesta.

Josefa  recoge y frega los cacharros. Barre la cocina. Prepara de nuevo la alforja con la merienda. Los hombres vuelven de nuevo al tajo. Josefa levanta al abuelo, le ayuda a sentarse en el sillon de mimbres del patio junto a su mujer. Salen los hombres para el campo. Josefa les grita hacia las seis llegare al terreno. No le contesta desde lejos Gervasio, no hoy no vengas que no haces falta todavía, el trigo no está del todo seco. Sale de nuevo a la calle con la escoba de biércol y le da una pasada a lo mayor.  Coge del patio un pozal y echa unos cuantos pozales de agua a las flores del patio y a las de la calle.

Echa al fuego dos astillas grandes y arrima una cacerola grande con agua que ya casi estaba hirviendo, echa unos tronchos de berza y unas cuantos kilos de patatas del año pasado, ya arrugadas. Mira el montón de ropa para planchar, desecha la idea, y se dirige al corral con un balde lleno de salvado para los cerdos. Lo mezcla con agua en el cocino. Los cerdos se acercan apresuradamente  y acaban inmediatamente  con la comida. Josefa coge dos berzas y se las echa a la pocilga por encima de la puerta.  Vuelve al patio, se pone un sombrero de paja, coge dos calderos y un azadón y se dirige al huerto, que está a un kilómetro de la casa, aprovecha el agua que se ha filtrado en la poza, unos 30 calderos que los emplea en las berzas que habían plantado la semana pasada. Saca tres potes de patatas, elige 5 tomates grandes, rojos y maduros, tres leguchas, unas cebollas, y unos pimientos con los que llena completamente los dos cubos.

De nuevo en casa, lo primero que hace es preparar dos tazones grandes de leche, con unas galletas para los abuelos. Le pone bien la boina y le suena los mocos con el pañyuelo que guarda en el bolsillo del chaleco. Aparta la cazuela grande con comida para el cerdo que matarán en el invierno  del fuego. Unos minutos después ayuda al abuelo a subir al pajar, lo coloca a la sombra, junto a las higueras, coge los huevos que han puesto las gallinas.  Coloca a la abuela al lado de su marido. Baja de nuevo a la casa y sale con una cazuela con las sobras de la comida que las echa cerca del nogal. Las gallinas se alboratan y acuden todas a la vez a picotear los desperdicios.

Sube la comida al cerdo que se encuntra en el pajar.  Sin darse cuenta, ya comienza a anochecer.  Por la cuesta suben las dos cabras solas. Josefa se mete la mano al bolsillo y saca un currusco de pan, lo parte en dos y se los acerca a las cabras, mientras le abre la puerta del pajar y las guarda. Llama a las gallinas y una a una van entrando por la puerta hasta que llega la última de siempre. Cierra la puerta.  Ayuda al abuelo a bajar a casa y vuelve a por la abuela.

Pone la mesa de prisa y corriendo. Nueve platos. Llegan los hombres. Ya se oyen los perros. Le quitan el capazo, y los aperos  al caballlo. Los cuñados se lavan las manos y se van un rato a sentarse en el poyato de la calle, mientras Gervasio echa de comer al caballo y a la vaca. Gervasio se entretiene en exceso. Manda a un niño a avisarle que ya está la comida. Todavía esperan unos minutos. Ya se encuentran todos sentados en la mesa para cuando sube Gervasio.  Josefa pone el perol con la sopa de ajo encima de la mesa, va sirviendo uno a uno. También deja unas guindillas y el salero al lado de su marido. ¡Gervasio grita donde está el pan y el vino!. Josefa abre el cajón de la mesa y saca un pan redondo, que se lo da a cortar a Gervasio. Coge el porrón medio vacío y lo llena de la cuba que se encuentra en la bodega.  Para cuando vuelve la jarra de agua estaba vacía, la llena y le sirve dos vasos llenos hasta arriba a los abuelos. Los hombres ya casi han acabado la sopa. Pone encima la mesa la bandeja con huevos fritos y patatas fritas que ya tiene preparada. Va sirviendo dos huevos conforme van acabando la sopa.  Gervasio grita de nuevo, chica, ponle los huevos a padre. Josefa deja la cuchara medio llena en el plato, se levanta y sin replicar le sirve dos huevos con patatas fritas al abuelo.  Los hombres, incluidos los niños salen todos a la fresca.

Prepara la comida del día siguiente, prepara también la comida del cerdo. Lava los platos, y dos cazuelas que están en el pozo de la fregadera. Hala niños a la cama, grita Josefa desde la cocina. Acuesta a los abuelos.  Barre la cocina. Lava en la fregadera unas prendas que tiene en el cubo.  Los hombres ya marchan para la cama.  Mira a ver si los niños están bien tapados. Al pasar por el lado de  la puerta de su cuarto oye los ronquidos de su marido. Llama  a los perros, les echa las pocas sobras de la cena y  les pasa la mano por el lomo. Cierra la puerta del patio y pasa la tranca de la del corral.  Se desnuda y se acurruca junto a Gervasio sin meter ruido para no despertarlo.

12. Engracia y Crescencio el hermano mediano de Gabino

-      Hola muchachas
-      Buenas tardes
-      Bailas
-      Bueno
-      ¿De donde eres?
-      Del otro lado de Codés
-      ¿De Álava?
-      No, no navarro, como tú. Del otro lado de Codés, pero navarro.
-      ¿De donde?
-      De Nazar
Ah de Nazar, ahí tenemos parientes, los pimporretes... Los conoces.
No los voy a conocer...
-      ¿Ha venido mucha gente eh?
-      Sí, si como de costumbre, las fiestas de este pueblo son famosas.
-      ¿Cómo te llamas?
-      Engracia
-      ¿Y tú?
-      Crescencio
-      Bueno, ha acabado el baile.
-      De primera, encantado, hasta luego Engracia.
 
Había un gran ambiente. Hasta la hora de la cena anduvimos en grupo tomando tragos en las tabernas y en casas particulares, los mozos del pueblo de vez en cuando nos acercamos al baile. Al llegar la hora de la cena nos dividimos de dos en dos, yo como siempre fui con Benito. 
-      Se puede, dijo Benito desde la puerta.
-      Adelante 
La mesa casi estaba completa, ya est
ábamos sentados
 unos 20 comensales. Había cinco platos más preparados. Esperamos cinco minutos y allí apareció el amo de la casa con otros tres invitados de su edad.
Para entonces Engracia ya me habia echado dos o tres miradas risueñas. El amo nos saludó atentamente a todos, en especial a Benito, le preguntó por sus padres, y especialmente por su tío Primitivo. Se quitó la boina y comenzó  la oración: bendice Señor estos alimentos, que vamos a tomar…
 Una cena especial. De todo. Conejo, cordero, cabrito. Todo de primera, cenamos sin prisa. Las mujeres entraban y salían sin cesar, sin sentarse ni un solo momento. Dos copas de anís y con el puro en la boca fuimos en busca de la cuadrilla.
El baile estaba ya para acabar, cuando aparecimos unos 20 mozos.
Le pedí baile a Engracia. Bailamos dos piezas lentas seguidas.
-      Dentro de tres semanas son las fiestas de Cabredo. ¿Irás?
-      Si. Todos los años vamos.
-      De primera. Allí nos veremos.
-      ¿Ya te vas para casa o qué?
-      Si ya tengo la hora.
 A finales de agosto en las fiestas de Murieta me encontré con las amigas de Engracia. Unos metros detrás de ellas apareció Engracia con otra chica algo más joven que ella.
-      Hola Engracia
-      ¿Qué  tal Crescencio?
-      ¿Dónde has andado durante todo el verano?
-      En el pueblo, como siempre
-      ¿Porqué no apareciste en Cabredo?
-      Ah, ah, al final no pude.
-      ¿Bailas?

Dos horas estuvimos juntos, bailando, hablando. Le pedí casarse conmigo.
 
El 12 de octubre los padres de Crescencio y él mismo vestido con el único traje que tenía fueron a Azuelo a la petición de mano de Engracia. La boda se celebró la primera semana de mayo.
 -      Crescencio estoy nerviosa
-      Tranquila mujer, es normal. Ya verás que bien te llevas con los de casa.
-      No sé. No sé. Igual tiene razón mi hermana, que no para últimamente de repetir : “La boda no es una cosa de bromas. Lo que se hace en una hora dura para toda la vida”.
-      No te preocupes, mujer.
-      Piensa en el viaje de novios. Iremos a San Sebastián. Mejor dicho a Lasarte y Hernani a la casa de nuestras tías. Así gastaremos menos.
-      Tira, ya veremos. Me han comentado que San Sebastián es precioso.
 
A la semana ya estaban de vuelta. Engracia subió la cuesta que llevaba a  la casa detrás de Crescencio.  Tipi-tapa, tipi-tapa. Empujaron la puerta de la calle, agradecieron la frescura del portal, pero para Engracia no fue agradable encontrarse con una nube de moscas revoloteando. Tampoco le agradó el olor intenso, que sintió nanda mas atravesar la puerta de la calle. Crescenció dio la luz, al lado, en la cuadra había dos vacas royas, y un caballo.
 
Subimos las escaleras a oscuras, pasamos al salón. Estaban todos esperándonos, excepto el padre de Crescencio. Una multitud, todos de casa. El tío soltero, dos tías solteras viejas, dos hermanos de Crescencio, la tía viuda...
 
-      Hola
-      Hola
-      ¿Qué tal en San Sebastián? ¿Habeís visto el mar? ¿Os lo habeís pasado bien? Nos preguntó la madre de Crescencio muy nerviosa.
-      Si, ha sido muy agradable. Nos han tratado muy bien. El ambiente de la ciudad nos ha gustado mucho. El mar nos ha encantado.
-      ¡Ay San Sebastián, San Sebastián! ¡Qué tiempos aquellos!
-      Nosotros también hace 40 años estuvimos en San Sebastián de luna de miel. Todavía recuerdo Igueldo, La Concha , la iglesia de Santa María. Allí vi los hombres más modernos del mundo, ¡Qué sombreros!
-      Bueno siéntate. Me callaré. Seguro que estáis cansados. ¿Os apetece un café con leche?
 
Cansados del viaje tomaron un baso de leche, y enseguida se fueron a la cama, aunque estaban desechos Engracia no logró conciliar el sueño tan fácil.
-      ¿Qué te ha parecido la casa?
-      Está bien. Lo que más me ha llamado la atención ha sido la  puerta labrada del salón.
-      ¿Y la familia?
-      Bien.
 
Nos despertamos hacía las 8 de la mañana, ya estaban en la cocina el tío Tomás, las tías Felicitas y Cirila. No había luz eléctrica más que en el salón y en la cuadra. La vida se hacía en la cocina vieja al lado del fogón. Los demás estaban sentados en el banco corrido. La cocina era una habitación pequeña, sin ventanas, en medio de la casa, oscura, ennegrecida por el humo. La chimenea estaba en el centro de la habitación.
 
-      ¡Crescencio qué  horas  son éstas de levantarse! Dijo el padre sin decirle ni buenos días, ni saludar.
-      Nada más desayunar iré a casa de Primitivo, a ver donde me manda; pero siendo el primer día...
-      No tiene nada que ver, aquí no ha cambiado nada. ¿Entendido?
 
Crescencio se bebió de un trago el tazón de café con leche y sin decir ni palabra salió de la casa. Engracia estuvo todo el día esperando la llegada de su esposo. Barruntó la llegada de Crescencio y bajo las escaleras. Era de noche, no le preguntó nada. Cerró la puerta, la abrazó y le dio dos besos, estuvieron unos diez minutos contemplando los animales, ella subió a la cocina, mientras Crescencio se quedó media hora más.
 
Pasaron dos, tres semanas y no cambiaba nada. Los días eran uno la copia del anterior. La media hora que Crescencio se quedaba en la cuadra junto a los animales se convirtió en una hora.
 
Las miradas cariñosas de Crescencio seguían siendo como el primer día; pero pronto se dio cuenta que se había casado con un hombre de pocas palabras, que de nada serviría intentar explicarle sus preocupaciones.
 
Las discusiones entre Crescencio y su padre fueron en aumento. Cualquier contratiempo era causa de polémica.
Crescencio ¿No es tiempo de sembrar la avena?
¿A quién se le ocurre pasar la narria con este tiempo?
El colmo fue cuando al padre de Crescencio se le ocurrió echarle en cara el comportamiento de Engracia: “La mujer que has traido va a arruinar la hacienda”. ¿A quién se le puede ocurrir en un domingo cualquiera matar una gallina?
 
No estoy preparada para llevar esta vida de matrimonio, se repetía una y otra vez Engracia. Al principio ella misma se consolaba, tranquila, no tienes más que 20 años, con el tiempo todo cambiará. Pero pasaban los meses y la situación se iba convirtiendo poco a poco en un infierno.
 
Pasaron los meses y nada cambió.
La hermana solía venir de vez en cuando a pasar el día con ella. Por fin un día se decidió a comentarle sus preocupaciones.
Cuando llegó la hora de casarme me sentí la mujer más feliz del mundo. Logré lo que aspira toda mujer. Un hombre, una familia, una hacienda, una casa.
- No sé como explicarte, no es fácil. No vivo contenta, siento una tristeza que no puedo expulsar.  Creo que lo voy a dejar todo, no me queda ilusión.
No sabes cuantas noches cuando se duerme Crescencio echo a llorar como una niña.
No te preocupes, es pronto. Deja pasar unos meses. A todas nos ha pasado lo mismo.
La soledad se me hace insoportable. Engracia se sentía invadida por la soledad.
 
Gracias a las visitas de sus familiares y el cariño de su marido, los meses pasaban más mal que bien.
 
El padre acostumbraba a visitar a su hija una vez al mes por lo menos. El perro comenzó a ladrar, señal de que se acercaba su padre por el camino de Otiñano. Salió a su encuentro. Cinco minutos después apareció con la cesta de fruta en una mano y el bastón en la otra. Sin dejar el bastón se sacó el papel de fumar del chaleco y se puso a liar un cigarro, le dio unas cuantas veces a la rueda de la chispa, una vez encendido el cigarro rodeo el ahujero del mechero con la mecha y de nuevo se metió el mechero en el bolsillo pequeño del chaleco.
¿Qué tal hija?
Tirando.
Estuvo en un trance de contarle la verdad. ¿Pero cómo le podía preocupar con sus tonterías, si ni ella misma sabía  a qué se debía su preocupación? El padre se fue al otro día por la mañana para poder contar a su esposa e hijas las obras  hechas en la casa de su hija: se había construido una nueva cocina, con luz natural y eléctrica, con un armario blanco en medio de la habitación y una cocina económica que no la había visto ni en las mejores casas del pueblo.
 
Engracia intentó hablar con su marido. En vano. Era hombre y de pueblo, aunque  a veces, en los momento dulces y especialmente en la cama no lo parecía. Pronto se dio cuenta que el hablar sería en balde, pues aparte de no entenderla no tenía muchas oportunidades de conversar con su esposo a solas.
Se trataba de un hombre especial, nunca tenía la menor duda, tomaba las decisiones en un abrir y cerrar de ojos. Me da la impresión que nunca  se enteró de mi soledad y melancolía. No tenía en la cabeza más que el trabajo, el ganado y el sexo, especialmente el sexo.
 
Un domingo después de misa decidí comentarle:
No puedo más, el ambiente de esta casa, de este pueblo se me hace insoportable.
Jode, jode... se quedó pensativo: Mirándome fijamente a los ojos me dijo:
Tranquila, ya verás como todo se pasa con el niño que está por llegar. Y se quedó tan tranquilo. No le dio ninguna importancia. Descolgó la escopeta, llamó a los perros y se fue a cazar como si nada hubiese ocurrido.
 
Una semana más tarde llegó mi hermana.
Hermana, no puedo más. Tengo que volver a casa, este modo de vivir no es vida.
¿Te arreglas mal con Crescencio o qué?
No. No es eso. Lo quiero y me corresponde como el primer día.
Todas las noches viene donde mí como si fuese el primer día. Por ese lado no me puedo quejar. Aunque han pasado algunos meses, no se ha apagado la ilusión sobre todo para eso. En el pajar, en la cuadra, en la cama, después de comer, de cenar, en la siesta, al amanecer.
Todo no se puede tener. Ya te lo advertí. Somos mujeres,  hemos nacido para sufrir. Sé fuerte. Sé inteligente. Hazlo por lo menos por el niño que llevas dentro. El padre de Crescencio es ya mayor, pronto todo será tuyo.
Piensa que no te ha tocado la peor casa, ni mucho menos, ni tampoco el peor pueblo. ¿Cuántas quisieran para sí tu situación?
Eso no me consuela.
Bueno. Prepararé el almuerzo. ¿Qué quieres? Te parece bien ¿Unas magras?
Es un poco tarde, pero tira.
 
La mesa estaba preparada. Todos esperando. Por fin llegó el padre de Crescencio. Apareció con un puño de espigas en la mano.
¡Mira Crescencio!
¡Me cagüen Dios!
¡Me cagüen la Virgen Santa !
Las espigas no han granado. ¡Están huecas!
Les ha entrado la niebla.
¡Qué simiente habeís usado!
Ya sabes que simiente hemos usado. La que nos algenció ese amigo tuyo, ese maldito explotador. La que te vendió Primitivo. A él es al que te tienes que enfrentar y no con los de casa.
 
La comida no fue  tranquila, se entabló una fuerte discusión entre los hombres. Crescencio una y otra vez mencionó las injusticias y abusos de Primitivo.
Padre esto es insoportable. Primitivo cada año nos roba un trozo de terreno, este año ha movido la muga por lo menos 20 centímetros. Y tú lo sabes.
Padre de seguir así, nos dejará sin hacienda. Este año nos quedaremos sin cosecha.
¿Qué nos pedirá este año, a cambio de nueva simiente?
Algo tenemos que hacer. ¿No están de acuerdo?
 
Todos de la casa nos quedamos preocupados, en el reloj de la torre de la iglesia daban las dos y media de la tarde, cuando vimos a Crescencio con la escopeta al hombro bajar las escaleras del granero. No reparó en nadie, ni en el vecino que estaba picando la guadaña debajo de un nogal. En un instante atravesó el pueblo. Aunque no era tiempo de caza nadie le dio importancia a los dos tiros que se oyeron. El cuerpo de Primitivo cayó junto a la mies recién segada.
 
La desgracia entró en la casa. La mujer amaba a Crescencio. Él la hacía feliz. De ese día en adelante la vida de la familia cambió por completo. ¿Cómo vivir sin sus caricias, sin su sudor, sin su fuerza? Lo llevaron preso a  la cárcel de Pamplona.

Pasado un mes, nació el niño. Le pusieron de nombre Jesús. Aunque parecía normal a medida que pasaron los años las taras quedaron a la vista. Aquel mismo invierno murieron el padre y la madre de Crescencio. Uno detrás del otro.  El pueblo fue cruel con la familia, hasta les prohibieron espigar las plantas  que se quedaban en los campos y en los caminos después de recogida la cosecha. Les robaron  las tierras. Quedaron en la pobreza total, hasta que se tuvieron que ir de pueblo en pueblo, de casa en casa en busca de caridad. En toda la tierra de Estella se les conoció como el tonto de Nazar y su madre.

13.  Vuelta al pueblo

El autobús de línea de Vitoria a Estella, Pinedo ha parado en Acedo. Lo he encontrado tal como lo dejé. Hasta la moza que estaba en la puerta del bar Montón me pareció que era la misma que estaba cuando cogí por última vez el tren para irme a América. Sin duda, se trataba de alguna hija o sobrina.
 
La escuela, la iglesia, el reloj de la  torre, el frontón, el palacio al lado de la plaza, hasta los árboles eran los mismos. Todo seguía igual. Como si no hubiese pasado el tiempo, como si de un mal sueño se tratase.
 
En la plaza, esperando al autobús había tres coches, un Renault 8 pintado de azul claro, un viejo Gordini de color crema y el taxi de Alberto. Un muchacho, el dueño del Renault se me acercó con la intención de llevarme al pueblo, luego supe que ese muchacho era el torcido de Ubago, un muchacho bonachón, de pocas palabras.
- ¿Vas al pueblo? Me dijo en el tono que casi ya tenía olvidado.
- Si, si, pero tengo bastantes bultos, cogeré el taxi.
Me hizo gran ilusión el ofrecimiento recibido. Casi con la emoción no fui capaz de agradecerle el gesto.
 
Después de colocar con cuidado las maletas y los bultos  hemos hecho los seis kilómetros de distancia entre Acedo y  Nazar.
- Vuelves para quedarte?
- Qué tal está la familia?
Pronto me di cuenta que Alberto, el taxista del valle, estaba bien enterado de las últimas noticias.
- Sí. He venido para quedarme. Desde que me fui no he tenido otra idea. Francisca, la mujer se me ha muerto hace cinco meses.

Ha sido emocionante contemplar los campos, el pueblo, la Sierra de Codés, San Gregorio... Tanto que no he podido reprimir unas cuantas lágrimas, especialmente cuando me ha venido a la memoria la figura de Francisca. Una sensacion de tristeza y emoción me ha asediado durante los siguientes minutos hasta llegar a la casa.

14.  El pueblo

Florencio. Estás igual.

Si así parece, pero no. Las piernas no me siguen, los pulmones no tienen fuelle. Te acuerdas del viejo matacas, pues así estoy yo.

Tú si que te conservas, bien. Tienes la figura de un cura. Las manos blancas, la piel tersa, el pelo bien cuidado y recortado.

No creas, todos tenemos lo nuestro. De todas maneras no nos podemos quejar. La cabeza, por lo menos, nos funciona de primera.

¡Mira el otro!

Algo tendremos que tener bien. ¿No? Refunfuñó Florencio.

Éste si que es el mismo Florencio de siempre, pensé para mí.

El que no se consuela es porqué no quiere. Siguió refunfuñando.

¿Te apetece un trago de agua?

Vale. Vamos.

¿Qué ha pasado con la vieja fuente?

La tiraron el año pasado. ¿No te gusta o qué?

¿Gustarme, pero es que hay alguien que le pueda gustar?

El Ayuntamiento se ha gastado un dineral.

¿El ayuntamiento dices? Habrá sido dinero del pueblo ¿No?

¡Qué chapuza! ¿Pero si esto se parece más a un depósito de agua?

Junto a la fuente, sentado estaba Benito. Nos quedamos en silencio el uno al frente del otro, serios, nos miramos fijamente a los ojos. Se echó a llorar, bajó la cabeza y se dio la media vuelta, sin decir palabra se alejó.

Físicamente no había cambiado mucho, alto, delgado, elegante. Pero, sin embargo, me ha parecido que tenía la mirada perdida. Mirada de tristeza, diría yo. Sin duda, no es el Benito que conocí.

De hace dos años aquí Benito no anda bien de la cabeza, me ha comentado Florencio, sin preguntarle nada.

La primera sorpresa me llegó al día siguiente. A las 9 de la mañana llegó Don Javier, el cura de Sorlada, en un coche nuevo y reluciente, ni entró en la iglesia sacó el hisopo y en menos de diez minutos esparció el agua bendita de San Gregorio a los cuatro puntos cardinales.

Las campanas de la iglesia se habían quedado mudas. Tan solo daban las horas. Ya no se tocaba al Ángelus, a oraciones, a nublado... El grupo de los hombres nos quedamos en las paletejas, delante de la iglesia. El reloj de la torre marcó las 10 tac, tac, tac, tac... Benito comenzó a gritar ¡Están tocando a muerto! ¡Están tocando a muerto! Nervioso iba de un lugar para otro.
¿Un cigarro?
Se acercó al instante Benito.
Trae, trae.
Consumió la mitad del cigarro en cuatro caladas. En un abrir y cerrar de ojos tenía la colilla medio apagada colocada en el labio derecho. Ver en esta situación a Benito me ha impresionado

Gerardo Luzuriaga

02/10/2007

Gabino (II)

 Aurkibidea

6. La huida

7. La vuelta

8. Salida hacía las Américas.

9. En el mar

10. El Tajo

6. La huida

Las discusiones en la taberna se fueron animando. Los jóvenes comentábamos las noticias que llegaban de La Ribera. El ambiente del pueblo se fue enrareciendo.
 
El perro de pintas blancas y negras que usábamos para intercambiar las noticias entre nuestra casa y unos familiares de Azuelo iba y venía de un pueblo al otro más amenudo que de costumbre. La ida y venida del perro era la forma que teníamos para mantenernos al día de lo que ocurría en el valle de la Berrueza y en el Valle de Aguilar de Codés. Desde siempre nuestra familia había mantenido relaciones estrechas y cercanas con unos familiares lejanos de Azuelo.
 
Una tarde, a unas horas bastante poco normales, llegó el perro con la lengua fuera. La madre cogió el mensaje, como no sabía leer, sin perder tiempo envió a mi hermana de 7 años con el mensaje a la pieza del roble donde nos encontrábamos segando habas.
 
Gabino, tienes que huir del pueblo. Cuanto antes, no pierdas tiempo. Tres nombres se han mencionado en la Junta del Valle: el tuyo, el de Marcelino y el de Escolástico, venían escritos en el papel que traía nuestra hermana.
 
No podíamos salir de nuestro asombro. Juramentos que nunca había oído, salieron de la boca del hermano mayor.
 
Sin despedirme de nadie, dejé la hoz, la zoqueta, y el sombrero de paja encima de la mies recién cortada y tomé el camino de casa. Padre mandó al hermano de 12 años a comunicar lo que decía la nota a  Marcelino y Escolástico. 

El kilómetro y medio de vuelta a casa, lo hice preparando la huida. Sin saber con seguridad que camino elegir. Pronto descarté el tren, o el autobús por la falta de dinero. Me decidí a conseguir pasar la frontera por los Pirineos.
 
Llegué a casa en un santiamén, ya estaban en la entrada mi madre, Francisca, mi hijo... Madre nada más verme se santiguó. Se dirigió a la despensa, entramos todos detrás de ella,  me preparó unos calcetines de lana, las botas de monte, cogí un par de navajas, un pasamontañas. Francisca para entonces ya me había preparado un atillo con una hogaza, chorizo, queso y un buen trozo del pernil.
 
Aunque la idea era pasar la frontera lo antes posible, las tres primeras semanas me resguardé en una cueva que conocía en la Sierra de Lokiz. El día anterior de partir hacia Aralar aprovechando la hora de la siesta decidí bajar a Narcúe, a parte de unos niños correteando no vi a nadie,  me hice con unos pantalones y unas camisas oscuras que estaban tendidas. Al dejar atrás el Valle de Lana no pude reprimir unas cuantas lágrimas.
 
Sin grandes sobresaltos llegué a las inmediaciones de la muga. Las patrullas de la Guardia Civil se intensificaron. Según mis cálculos podían faltarme unos 25 kilómetros. Oí un ruido, me agazapé entre los bojes, oculto entre la hojarasca estuve vigilante, sin moverme  durante un largo cuarto de hora.
 
Al día siguiente no tuve mejor suerte, así que decidí volver al refugio que había abandonado anteriormente. Se me hizo imposible avanzar, las patrullas estaban vigilantes.

Dormí a pierna suelta. Me desperté hambriento hacia las 11 de la mañana. Miré en el zurrón, no quedaban más que dos mendrugos más duros que las piedras.  Con la única intención de pasar la mañana me dispuse a sacarle punta a una rama de roble. De repente vi una culebra entre la hojarasca, de un golpe hinqué la navaja en su cabeza. Hacía meses que no me pegaba semejante manjar.
 
La Guardia Civil estaba al acecho, vigilaba todos los caminos del bosque. Oí unos pasos, me quedé inmóvil. A pesar de ser una noche oscura como las fauces del lobo, nada más echar a correr oí cuatro fogonazos de fusil que deslumbró completamente el bosque.  En la huida estuve a punto de caerme, me travé con las raíces de un árbol. Trompicado huí monte abajo. Sentí a los dos Guardias Civiles tras de mí. Cuando ya los tenía encima, a menos de 20 metros, se desató una tormenta de rayos y truenos que fueron mi salvación.
 
Completamente mojado hasta los huesos, cansado, sin fuerzas, sin apenas resuello me tumbé esperando lo peor.  Poco a poco escondido entre los árboles logré volver de nuevo al refugio. Una semana permanecí escondido, intenté cuatro o cinco veces más pasar la frontera. En vano. Tuve que zafarme de dos nuevas emboscadas. Ví la muerte de cerca.
 
Decidí cambiar el rumbo, casi sin darme cuenta me encontré en la Provincia de Santander. De pueblo en pueblo, gracias al “alabado sea Dios” logré conseguir algunos curruscos de pan seco.
 
Pasé los meses pidiendo de casa en casa,  recorriendo las bordas más recónditas de Cantabria. Pobre, sin un duro, muerto de frío pero seguro. ¡Y para los tiempos que corrían, no era poco!
 
En el pueblo de Selaia me abrió la puerta un hombre de unos 50 años.
-         Pasa, pasa.
-         Me acurruqué junto al fuego.
-         Una vez bien aseado, lavado con jabón y abundante agua,  me ofreció un buen plato de potaje caliente. Pasé la noche en un pajar algo alejado de la casa.
-         No era la primera vez que algún alma caritativa se apiadaba de mi situación.
-         A las 6 de la mañana, cuando todavía faltaban varias horas para el amanecer se personó la pareja de la Guardia Civil. Me había metido en la boca del lobo sin darme cuenta. Bien aseado, bien dormido, rasurada la barba y el pelo arreglado no se me hizo fácil contestar a lo que parecía un inocente interrogatorio.
-         Sin duda, me han atrapado.
-         ¿Qué hacía un hombre de unos 25-30 años, con acento distinto,  pidiendo de puerta en puerta?
-         Me sentí atrapado en la ratonera.
Sin pensarlo dos veces, aprovechando el momento en que apareció el amo, me di de nuevo a la fuga.
Mientras ascendía la montaña me vino a la cabeza pasarme al maquis. Tras una semana recorriendo los pueblos de los Picos de Europa, las dudas se disiparon y decidí volver al pueblo.

7. La vuelta

Casi sin darme cuenta, inmerso en los recuerdos, me encontré en frente de las mansas aguas del río Ega. Aunque no habían pasado más que unos pocos años, al ver las crestas de la Sierra de Codés tuve la impresión de haber estado fuera un montón de años. El reencuetro con las  mismas fuentes,  los mismos riachuelos, los mismos árboles, los mismos animales  me dio ánimos para seguir adelante.  Me sentí seguro al lado de mis viejos amigos los hayedos, los encinares y los bojarrales. Desde la cima de Costalera divisaba las montañas y los valles de alrededor. Joar, Gorbea, Montejurra, la Sierra de Lokiz, Urbasa, Aitzgorri, Monjardin, La Sierra de la Demanda y hasta los Pirineos se distinguían desde la punta de Costalera.
 
Desde la colina donde me encontraba oi los ladridos de los perros, parecían los de Lur y Beltza.

Nos revolvimos por el suelo en una lucha desigual.

Pasados unos minutos, ya tranquilizados, los perros comenzaron a mover la cola con intención de seguir el combate-juego; el silvido del hermano les hizó desaparecer en un cerrar de ojos.
-         Le devolví el chiflido.
-         Nos abrazamos entre lágrimas.
-         Sin más preámbulos le hice participe del plan. Le comenté punto por punto, con todo tipo de detalles el plan ideado.
-         Gabino, las cosas no se han apacigüado. Sigues en peligro, la Guardia Civil un día si y otro también peina la zona. Lo tienen todo controlado. De vez en cuando se ve algún que otro maqui perdido por estas montañas.
-         En el pueblo, a causa de la presión, no nos podemos fiar de nadie.
-         Tranquilo. Lo tengo todo preparado.
-         Mañana mismo tendrás que vender a Lur y Beltza.
-         Ya, ya me he dado cuenta.
-         Para cuando te fuiste Francisca estaba embarazada. Tienes otro hijo más.  Le hemos bautizado con el nombre de Gabino. Este invierno se ha muerto el abuelo.

-         Escolástico logró huir, marchó el mismo día que tú. Llegó en tren y en autobús hasta donde su tía de Eugi, y de allí en un santiamén pasó la frontera, ahora se encuentra tranquilamente en Méjico.
-         Tu cuñado Felipe y Bernardo el hijo de Teófila, los que se fueron con los falangistas, los trajeron a enterrar al camposanto, dos días antes de acabar la guerra perdieron la vida en el frente de Zaragoza. Los dos juntos. Juntos fueron y juntos los trajeron.
-         ¿Marcelino se quedó en el pueblo? ¿No sería él el chivato, no? Pregunté impaciente.
No, no. No lo mataron por casualidad. Una semana después de iros Marcelino y tú se personó “el Coche de la Muerte ”. Se llevaron a Marcelino con la intención de fusilarlo en la cuneta de Arquijas. Una vez que lo bajaron del coche, se echó la niebla. Logró huir atravesando el río. Anduvo perdido unos cuantos días por los montes de Zúñiga y Orbiso; pero también  logró llegar a América.
- El que os delató por rojos fue tu cuñado Benito. Dos días antes de reunirse la Junta del Valle lo vieron con el Txato de Berbinzana.
-         ¡Ojalá se muera ahora mismo! ¡Maldito! ¡Víbora! ¡Mira que atreverse a entregar al padre de sus sobrinos!
-         Adiós Gabino. Hasta la semana que viene.
-         Aquí me tendrás.
-         Ahora los Guardias acechan más que de costumbre. Cuídate.
-         Ya lo sé. No te preocupes. Piensa que sigo fuera. Que no me has visto. Encárgate de dejar dos veces por semana en un recipiente algo de comida en el camposanto viejo.

Cuatro días después me dispuse a llevar adelante el plan. Nevaba copiosamente, me resguardé en un pajar cercano a la iglesia. Después de examinar atentamente los alrededores me encaramé por el tejado a la torre de la iglesia y de allí deslizándome logré entrar por un agujero de la pared al falso techo de la iglesia.
 
En el refugio a falta de otros entretenimientos di rienda suelta a los pensamientos y recuerdos de la niñez y de la juventud. Me vinieron a la memoria las mañanas frías, cuando tenía que encender la vieja estufa con Antonia. No tendríamos más de 8 años,  cuando antes de que viniera Resurre la maestra y el resto de los niños del pueblo teníamos que tener en marcha la vieja estufa de la escuela.
No resultaba fácil encender aquella maldita estufa. Una y otra vez prendíamos el papel, pero en vano. Cuando menos lo esperábamos, la estufa cogía fuego, llenándose todo el edificio de un humo irrespirable. No era extraño que a veces llegase la maestra y no estuviese todavía encendida. Entonces el castigo estaba asegurado.
 
Un día de verano, de calor sofocante, la chavalería, nos juntamos a pasar las horas de la siesta debajo del nogal de la Pinta. Apoyada en la pared encontramos una escopetilla de aire comprimido, no me acuerdo quién fue el que  apretó  el gatillo y ante nuestra sorpresa se oyó el sonido de un tiro, momento en que  Escolástico comenzó a gritar, correr y saltar como un loco por la campa y las calles del pueblo.
¡Mi mano, mi mano! Repetía una y otra vez, corriendo de un lado para otro. El médico de Nazar afincado en Mendaza, Don Antonio le sacó el perdigón de copa que lo tenía incrustado en un hueso de la mano. A la media hora lo teníamos de vuelta entre nosotros.
 
Llevaba dos meses encerrado cuando comencé a notar la falta libertad.
 
Me vinieron a la memoria los días de juventud, también los días, y los juegos compartidos con Benito. Al recordar los momentos vividos con Benito me invadió una sensación de tristeza. Fueron momentos para recordar: Los primeros amoríos, los primeros tortazos y los primeros besos de la chicas; el corte de pelo al tipo franciscano, al cero por la base, y largo por arriba, con la tufa al estilo fraile; las tardes de verano de juegos  en los pajugueros, y las tardes de invierno en los pajares; los primeros escarceos con las mozas del pueblo... Así fueron pasando los días, las semanas, los años escondido en el falso techo de la iglesia.

8. Salida hacía las Américas.

La soledad comenzó a hacerme mella. A veces los recuerdos no eran tan agradables como me hubiesen gustado. Se agolpaban uno tras otro.
 
-         Gabino no te metas en política. La política no trae nada bueno.
-         Tranquila Francisca. Le respondía en sueños.
-         Gabino no te mezcles en asuntos que no te incumben.
-         Tranquila mamá. Le respondía, despertándome sobresaltado sin saber donde me encontraba.
 
Los carteles que colocaron en la pared del pozo de lavar la ropa crearon acaloradas discusiones en la taberna. Se calentó y enrareció el ambiente. Hasta los mayores tomaban parte en las discusiones.
 
Esa misma semana 6 mozos acudieron a la fiesta que la Falange convocó en el Palacio de Cábrega para toda Navarra. A las 6 de la tarde volvieron completamente exaltados, con camisas azules, correajes de cuero negro y con las escopetas colgadas al hombro. Por la noche bien bebidos, insultaron a todo el pueblo por su falta de valentía y coraje. Una y otra vez repetían los cánticos y eslóganes aprendidos aquella misma mañana.
 
Los cuatro hombres del pueblo que no mostramos el debido entusiasmo ante sus brabuconadas lo pagamos caro. El ambiente se fue enrareciendo cada vez más. Las noticias de las detenciones corrían de pueblo en pueblo. Se comentaba que en otros pueblos, algunos fueron donde el alcalde en busca de refugio. En vano. La decisión ya estaba tomada, aunque en el momento de la verdad se arrepintieron de las decisiones tomadas anteriormente. Tampoco para ellos fue fácil ver como se llevaban a los vecinos; pero el alcalde, el cura, y el secretario ya no podían hacer nada. Pues la decisión venía firmada por instancias superiores.

La noticia de los  fusilamientos de los pueblos de alrededor -Mués, Piedramillera, Los Arcos, Acedo, Asarta, Mendaza, Aguilar- se extendieron como la pólvora. Los primeros meses  de la postguerra fueron de una represión atroz. El terror impuesto por los falangistas fue salvaje.
 
Félix, el cabecilla de la revuelta en el pueblo, también fue el primero en dar su nombre para la Armada Nacional , pero todo fue en vano. Llegó el Coche de la Muerte , lo apresaron, y lo llevaron ante los gritos de sus hijos pequeños y su mujer. Le dieron dos  tiros a bocajarro en la cuneta de Arquijas.
 
-Se acabó
-¿Hoy le ha tocado a Félix?
-¿Mañana a quién?
 
La soledad comenzó a hacérseme insoportable. Con el paso de los meses la moral se me iba desgastando. Lo único que rompía la monotonía del día a día eran los toques de las campanas. Para entonces ya distinguía el sonido de todas las campanas de los pueblos del valle: Mendaza, Asarta, Cábrega, Sorlada, Ubago, Mirafuentes, Otiñano...
 
-¿Me estaré volviendo loco, me preguntaba una y otra vez?
-No sé, pues. A veces, no soy capaz de distinguir entre los sueños y la realidad.
-No puedo olvidar la familia, los hijos, la esposa. Tan cerca y a la vez tan lejos.
-No puedo discernir entre los pensamientos y lo verdaderamente vivido. ¿Como distinguirlos cuando se repiten en mi interior las mismas anécdotas una y mil veces?
-Que va, estoy bien, de primera. Tengo todo bajo control, acababa animándome a mí mismo.
 
Desde muy pequeño me corroía la curiosidad por saber qué tipo de animales podrían estar dentro del reloj de muñeca de mi padre. Todo el día tic-tac, tic-tac sin descanso alguno. ¿Qué tipo de animales serían? ¿Sería alguna especie de hormigas enanas? Aprovechando que el padre se quitaba el reloj para echar la siesta, entré de puntillas en la habitación, cogí el reloj y con un martillo y un destornillador intenté abrirlo. Imposible. Lo sacudí, esperando que los animales que estaban dentro se parasen. En vano. Por fin, dí un  un martillazo seco, el cristal y las agujas saltaron por los aires, salieron todas las tripas. ¡Qué desilusión¡ No aparecieron más que ruedas dentadas y muelles.

Otras tardes me daba por recordar los momentos de apuro pasados ante la pareja de bueyes Giputxi y Txiki. Ya con 7 años más de una vez nos tocó a mi hermano y a mí  permanecer delante de los bueyes para que no se moviesen.  Recuerdo los momentos con cierta nostalgia, nerviosos ante la responsabilidad, con una mano apoyada en el yugo, y en la otra una pértiga de un metro más larga que nosotros permanecíamos nerviosos ante los movimientos de los bueyes. Cuando menos lo esperábamos sacudían el rabo contra la tripa, levantaban una pata para golpear fuertemente contra el suelo, o movían la cabeza de un lado para otro para espantarse las moscas de alrededor. Pasados los años nos dimos cuenta que no existían en el pueblo bueyes más leales, y que hasta que no hubiesen oído la voz de aida de nuestro padre, allí habrían permanecido sin moverse ni un solo centímetro.
 
Siendo todavía un chaval una tarde de invierno acompañe a mi padre a Mendaza, fuimos a llevar a Cenizosa al toro. Un toro enorme, negro, con grandes ojos, luego me enteré que lo habían  traído de la zona del Baztán. Aunque para entonces ya estaba acostumbrado a ver  los animales aparearse sentí una sensación no muy agradable al ver a nuestra novilla Cenizosa encajonada en un rectángulo estrecho de madera. Al instante llegó un enorme toro bufando. Se acercó pausadamente. Sentí pena por nuestra joven y débil novilla, tener que soportar semejante animal. No creo que aquel día Cenizosa gozase demasiado.
 
No fue casualidad que los últimos recuerdos fuesen de los animales de casa y estuviesen relacionados con su libertad.  Excepto los perros guardianes de las casas poderosas, que no conocían la luz natural, ni las calles, ni las caricias, ni tampoco hembras. Tal como habían nacido, morían. Presos. Atados con cadenas cortas, recluidos en lo más profundo de los corrales, sin luz natural... el resto de los animales del pueblo correteaban por las calles y los campos como si de niños se tratasen: gallinas, perros,  vacas, cerdos andaban a sus anchas por todo el pueblo.
 
¡Quién pudiese tener la libertad de Beltza! Libre. Pero siempre atento a la llamada de nuestro padre. Nada más silvarle allí estaba entre sus piernas. Pero sin embargo, no era extraño encontrarlo en cualquier pueblo intentando conseguir los favores de cualquier perra en celo. A veces llegaba exhausto, sin resuello, sucio, ensangrentado de sus correrías. Pero estuviese donde estuviese siempre oía la llamada del amo.
 
El zumbido de las campanas  retumbaban sin cesar, cada dia que pasaba  se me hacían más insoportables. Especialmente los toques de la noche se hicieron insufribles. No podía conciliar el sueño. Hoy hace cinco años que decidí resguardarme en el techo falso de la iglesia. Estaba pensando en ello cuando comenzó a retumbar la campana grande. Aunque ya lo tenía decidido fue el momento en que resolví salir del escondite y buscar un nuevo modo de vida al otro lado del mar, en las Américas.
No cogí más que una navaja, el resto todavía se encontrará allí, me deslicé por la pared hasta la torre y de allí baje hasta una ventana de la iglesia, salí a la calle; no había andado ni cinco metros cuando me salieron al encuentro dos perros semejantes a Lur y Beltza.
 
Estuve una hora mirando al cielo, estaba precioso estrellado,  con una luna llena grandiosa, en silencio tan solo interrumpido por el canto de los grillos.
 
Como de costumbre la puerta de la calle estaba vuelta, cerrada, pero sin echar la palanca. La empuje con cuidado y pase a la cuadra, subí las escaleras, antes de pasar a la habitación de los hermanos bebí un gran trago de la lechera de la alacena, mis hermanos no podían creer lo que veían. Para no  despertar a toda la familia bajamos de nuevo a la cuadra, en unos minutos me pusieron al día de todo lo ocurrido en estos últimos años.
-         ¿Pero no vendisteis a Lur y Beltza?
-         No los vamos a vender.
-         Al día siguiente los llevé al tío de Antoñana. Esos perros eran capaces de no haberse movido durante días de donde has estado, y aunque la Guardia Civil no es que tenga muchas luces, no se puede decir lo mismo de algunos vecinos.
-         Hace dos años, fui donde el tío y me traje dos cachorros de Lur. Nada más traerlos tus hijos le pusieron por nombre Lur y Beltza.
-         ¿Ha sucedido algo en la familia?
-         El abuelo se murió a los pocos meses de irte.
-         Ya, ya lo sé. Tú mismo me lo dijiste hace cinco años en Costalera.
-         No, no me contéis, seguro que acierto todo lo que ha pasado.
-         ¿Qué niño se ha muerto hace tres meses?
-         Sucedió una desgracia. Mari Jose, de cinco años, la hija del alcalde se ahogó en el pilón.
-         Ha habido cuatro muertos más. ¿No?

- ¿Puede que hayan sido: Generoso, Dionisio, Sebastiana y Romana?
- No, no. Romana anda también o mejor que nosotros. Hace tres años trajeron el cadáver de Daniel del hospital de Zaragoza. Parece que cuando estaba a punto de acabar la guerra una bala perdida se le incrusto en la cabeza. Después de estar unos años en el hospital cuando parecía que se estaba recuperando se murió de repente.
 
Bueno hermanos, no tengo mucho tiempo, voy a ver a Francisca, mañana a la mañana saldré para América, espero no tener muchas dificultades, ya no creo que nadie se acuerde de mí.  
 
Subí las escaleras de dos en dos, pronto reconocí el olor peculiar de nuestra casa.  Tantos años sin haberlo sentido, abrí la puerta y me precipité a los brazos de Francisca. Nos acercamos a la habitación de los niños, no los despertamos, pero si estuve cinco minutos mirándolos de cerca. Francisca preparó agua caliente, vertió la mitad del agua en la palangana. Bien jabonado con la navaja de afeitar bien afilada me corté la barba y Francisca hizo lo propio con el pelo. Por lo menos rejuvenecí 20 años. Nos fuimos juntos a la cama, sin darnos cuenta y sin haber dormido ni un solo momento amaneció. Oí los ladridos de los perros, padre apareció detrás de madre, lo encontré completamente envejecido, justo podía seguir el paso de madre. Fui consciente que esta era la última vez que nos veríamos. Hasta al padre le salieron las lágrimas al despedirse. 
 
Me puse una camisa de color oscuro, y con los primeros rayos del amanecer, sin despedirme de los hijos tomé de nuevo el camino del extranjero. En este caso el definitivo. Al salir  de la casa leí en El Pensamiento Navarro que estaba encima de una silla del portal: Caen en una emboscada los maquis el tuerto y el Perico en las inmediaciones de Caín. De buena me he librado pense para mí.
 
Animado y  con la sensación de haberme salvado de nuevo inicié el camino en busca de la frontera.
 
Me costó acostumbrarme a la claridad del día. El valle estaba precioso, los árboles en flor. A lo lejos divisé un grupo de gente, me dio tiempo justo para esconderme detrás de unos chaparros. Don Secundino llevaba en las manos la cabeza de plata de San Gregorio, a un lado iba un monaguillo con el hisopo, un poco más adelantados dos monaguillos con sendas cruces que justo las podían levantar, -Como ya me había tocado de pequeño cargar con aquellas cruces, ya sabía lo que era tener que llevarlas levantadas  durante los 3 kilómetros largos de procesión- detrás unos 20 feligreses. Me dio una gran alegría ver las caras de mis vecinos. De repente al pasar por mi lado se pararon, el cura tomó el hisopo y esparció el agua bendita a los cuatro vientos: "Quisdam sanctus episcopus, Gregorius nomine..." líbranos de todas las plagas, especialmente de la langosta.
 
Me quedé ensimismado durante varios minutos mirando los campos de cultivo. La infinidad de colores y parcelas, bien diferenciada cada una por los verdes ribazos de hierbas y matas.  Mil colores productos de los diversos cultivos: avena, cebada, yero... mezclados con las mil especies de hierbas y plantas silvestres: avena mala, cardos, amapolas, girasoles... Infinidad de árboles frutales salteados entre los cultivos: pomales, cerezos, manzanos, nogales y también fresnos, olmos, olivos...
 
Al entrar en el bosque me encontré con las enormes encinas de toda la vida, alguna  que podían cobijar hasta rebaños de 500 cabezas, al seguir el camino hacia arriba tuve que evitar  tres grupos de carboneros, y  los pastores que estaban cuidando el ganado en la sierra de Codés. A pesar de haber estado durante bastante tiempo escondido, solo por los andares me hubiesen reconocido.

9. En el mar

Sin darme cuenta me encontré en mitad del Océano. Rodeado de extraños, de todo tipo de gentes. Sus miradas se clavaban en mi. No me atrevía a intercambiar con los viajeros más allá de las palabras imprescindibles. Medio mareado, sin poder olvidar  la mirada triste de mis padres, entre los recuerdos familiares llegué a las Américas. Acurrucado en un rincón del barco pasaba las horas recordando las tardes invernales reunidos junto al fuego, rememorando los cuentos relatados por los mayores, o me imaginaba los aterdeceres rezando el rosario, a los niños alrededor del padre removiendo los pocos pelos de la cabeza mientras recitaba la inacabable letania:
 
Kyrie eleison
          Kyrie eleison
Christe, eleison
          Christe, eleison
Kyrie eleison
         Kyrie eleison
Christe, audi nos
         Christe, audi nos
Christe, exaudi nos
         Christe, exaudi nos
Pater de Coelis Deus
         Miserere nobis
Fili Redemtor mundi Deus
         Miserere nobis...
Sancta Maria
         Ora pro nobis
Sancta Dei Genitrix
         Ora pro nobis...
Mater Creatoris
         Ora pro nobis
Mater Salvatoris
         Ora pro nobis...
Virgo clemens
         Ora pro nobis
Virgo fidelis
         Ora pro nobis...
Vas insigne devotionis
         Ora pro nobis...
Turris eburnea
         Ora pro nobis...
Stella matutina
         Ora pro nobis...
Regina Sacramentissimi Rosarii
         Ora pro nobis
Regina Pacis
         Ora pro nobis
Agnus Dei, qui tollis peccata mundi
         Parce nobis Domini...
Ora pro nobis Sancta Dei genitrix
         Ut digni officiamur promissionibus Christi.
 
Los recuerdos de las noches desgranando maíz en la casa de Primitivo, familias enteras en amena conversación, a veces acompañados de una acordeón que tocaba un peón venido del norte de Navarra, hacía que los largos días en que no tenía ante mis ojos más que agua y más agua fuesen desgranándose poco a poco como las mazorcas en las invernales noches en la casa de Primitivo bajo la mirada agradable y sosegada de Francisca.
No fueron de menos ayuda los recuerdos de los días pasados con el rebaño de vacas en la vertiente que da a  Campezo y Zúñiga. Días de invierno, con niebla que parecía imposible dar dos pasos; pero que con la inestimable ayuda de Beltza y Lur   dejaba pastando las vacas en una vaguada, para adentrarme con la escopeta y la cartuchera bien repleta en la Dormida , volviendo al atardecer con el zurrón lleno de palomas. No fueron pocas las veces que había anochecido de lleno y todavía las vacas no habían llegado al pueblo ante la sorpresa del vecindario, y especialmente de mi padre. Sin duda fueron días duros, de mojaduras, resfriados, pero llenos de libertad. Todo lo contrario a los días de hoy, bien comido, pero sin más aliciente que contemplar el Océano.

10. El Tajo

En la entrada de la casa de Primitivo encima de la puerta destacaba una copia barata de las espigadoras de Millet, con un marco de época de gran valor. Cada vez que cruzaba el umbral no podía menos que apartar la mirada. Imagen bucólica, que para nada tenía que ver con la realidad. La tranquilidad, el sosiego, la paz y las ropas recién planchadas en nada se correspondían con las horas de trabajo que nos esperaban.
 

Contrato por un día

Viernes, cinco y media de la mañana, allí estábamos todos en fila, delante de la fuente, esperando la llegada del amo. Aquel día también se quedaron sin trabajo los mismos, los de siempre. Los más necesitados. Me vinieron a la memoria las palabras del abuelo: algún día tendríamos que acabar con este atropello.
-                Tú, tú... y tú.
-                Igual que todos los días, los más viejos, débiles y necesitados descartados.
  
La siega.
 
-No te pares. Sigue la renque.
- Le reprendió agriamente Benito al más joven del grupo.
Todavía no habían dado ni las  10 de la mañana, el día no había hecho más que comenzar, aunque ya  llevábamos 4 horas y media sin descanso.
- No puedo más, tengo todas las articulaciones doloridas, me comentó el joven que iba delante de mí, aprovechando que el amo había llegado ya al final de la hilera.
- Este ritmo es insoportable, comentó un tercero mientras agarraba con la mano izquierda, resguardada con la zoqueta, un manojo de trigo y con la hoz en la otra mano de un golpe cortaba la mies a ras de suelo. Todo ello a la máxima velocidad posible, para no quedarse atrás de los compañeros.
- Date más prisa, le reprendió de nuevo Benito.
-                Sin hacerle caso siguió rodeando cada puñado de trigo con cuatro espigas para que el viento no esparciese la mies. Tal como lo había hecho hasta ahora en todos los lugares en que había estado contratado.
-                No cojas tanta anchura, sé un poco espabilado. Mira la anchura de la renque que lleva el nuevo de Los Arcos, le comenté por lo bajo al joven que segaba la mies delante de mí.
De este año no pasa, me voy para la ciudad. Diga padre lo que diga. No aguanto más.
 
El  único momento de descanso eran los escasos segundo que teníamos para tomar un trago de agua, y de vez en cuando de vino, las menos.

No sé que es peor si cuando va tirando del grupo Benito, o cuando van a la cabeza esos dos esbirros: Cirilo y Antonio. Dos gallegos que venían todos los años para la siega a casa de Primitivo. No te fies de ninguno de los dos, le comenté. Es difícil saber quiés es más zalamero y traicionero de los dos.
 
 

Otro día

Ya estábamos todos en la plaza esperando a Primitivo, llegó primero su sobrino Benito y comenzó a señalar con el dedo uno a uno  los elegidos para el día. Este día contrató a todos los reunidos menos a uno.
-                ¿No me digas que no puedes contratar a uno más?.
-                Gabino, métete en tus asuntos, y sigue a los demás.
-                ¡Te arruinarás por pagar un jornal más!
-                Pero si hay trabajo para diez personas más.
-                Se oyó un murmullo. Pero si es el amo de medio Navarra. Será cabrón.
               ¿Para quién querrán el dinero que les sobra? Se oyó de nuevo.
-                Solo con la hacienda de su mujer, en Andosilla tienen para contratar a media Berrueza.
-                ¡Cuánto más tienen más quieren!
-                ¿Qué pasa aquí? Gritó Primitivo que llegaba al galope.
-                Nada, nada comentó Benito. Sin decir ni palabra nos dirigimos al tajo, mientras el padre de Félix tomó el camino de casa.
No se sabe si la avaricia y la racanería surgió a raíz de la compra del primer tractor que se conoció en el valle, o como se decía en el pueblo, le venía de familia. Primitivo no tuvo suerte con la compra del tractor. Con lo que se gastó en aquel tractor podía haber comprado la otra mitad de Navarra. El primer día que lo usaron se dieron cuenta del fracaso. Nada más entrar en la finca las ruedas se metieron en la tierra y no había manera de andar. Tuvieron que sacarlo con la ayuda de dos parejas de bueyes. A partir de aquel día estuvo abandonado en el cobertizo de la era.  

La trilla

Hacía un día caluroso, el calor pegajoso se mezclaba con el abundante sudor. El  polvo de la mies recién triturada invadía todos los rincones del pueblo, especialmente la era y los alrededores estaba cubierta de una canícula asfixiante.
Los caballos habían acabado de dar las primeras vueltas sobre la parva. Era el momento de poner manos a la obra. Todos los presentes tomábamos parte para  dar vuelta a la parva lo más rápido posible. Entonces comenzaba el ajetreo. La era se convertía en un hormiguero en que todas las manos eran pocas:  el movimiento, la  prisa, el correr, el ruido, el polvo, el calor, el sudor y en cierto modo también el nerviosismo se apoderaba del ambiente.
Dada la vuelta a la mies, los caballos hasta este momento atados a algún árbol a la sombra comenzaban de nuevo a dar vueltas y más vueltas sobre la mies esparcida por la era. Hacía la una y media llegaba el momento de dar la última vuelta a la mies. Mientras los demás comíamos, padre se quedaba dando las últimas vueltas con la caballería, hasta convertir la paja fuerte y rígida de las habas casi en polvo.
Con la comida en la boca, bajo un sol sofocante recogíamos la parva en un extremo de la era. Los hombres con las horcas iban recogiendo la parte principal, detrás los niños con los rastros, detrás las mujeres con las escobas, hasta por fin recoger lo que quedaba con la plegadera. Llegaba el momento crucial, la espera del aire. No siempre movía el aire, y cuando andaba no siempre era el apropiado.
Todavía recuerdo el día que entré a formar parte de los aventadores. No tendría más de 15 años. 6 hombres en hilera, encima de la parva, tirando las paladas de mies al aire con la altura y dirección apropiada. Zas, zas, zas, seguían las paladas sin interrupción. Pasada tras pasada, comenzaban a diferenciarse los dos montones el de la paja y el del grano. Una vez que se había formado el montón de grano las mujeres ibán detrás de nosotros escobeando por  encima separando las gardajas, piedras, trozos de tierra, trozos de palos.
Por último los niños cribaban las gardajas, hasta dejar el montón reluciente como el oro. 
 
 

Otro día de siega

 Sábado, las 6 de la mañana, ya estamos preparados con las hoces en el tajo. Nos encontramos ante otro día de bochorno infernal. Hoy hemos venido sin los amos, ni Primitivo, ni Benito han aparecido. Los gallegos marcan el ritmo, un  ritmo irresistible. Para las 7:30 el muchacho que el día anterior resistió más mal que bien la jornada, está ya rendido.
Hacía las 11 comenzaron a quedarse rezagados dos peones que rondaban los 50 años.
-    Por fin aparecieron dos niños con sendas cestas con el almuerzo. Lo tomamos en un santiamén y de nuevo a la faena. Dale que te pego.

-    A las 12, el  Ángelus. Un poco después llegó Benito montado a caballo. Ya casi nadie les podía seguir. Pero nadie se quedaba  atrás.
-    Cuarenta grados, toda la mañana bajo el sol, doblando una y otra vez  la cintura.
-    Dos horas para comer y echar la siesta.
-    A las 3 en punto arriba de nuevo. El calor de las primeras horas de la tarde se hacía inaguantable, cuando más calentaba de nuevo a la faena y toda la tarde sin descanso. Las horas no avanzaban, por más que mirábamos el sol siempre parecía estar en el mismo lugar.
-    ¿Ya es hora de que traigan la merienda no?  Preguntaba insistentemente el joven, que no tenía mucha experiencia en la siega.
-    No te fíes hay días en que no se merienda.
-    hoy tiene pinta de ser uno de esos. Pasaban las horas y por la senda no se acercaba nadie.
-    A las 7:30, Benito dio permiso para echar un trago de vino, y sentarnos un rato. La tarde iba hacia delante pero el calor no aflojaba.
-    Hoy también parece que seremos los últimos en marchar para casa, comentó uno del grupo.
No lo pongas en duda.
- Por fin se escondió el sol entre los montes, pero alli seguimos segando dos renques más.
-    ¿Es que no es hora de marchar para casa? Dijo completamente enfadado uno de los peones más viejos.
-    Todavía se ve, le respondió Cirilo el gallego, mirándo a Benito, que se había añadido al grupo unas horas antes.
Para Benito, y mucho menos todavía para Primitivo nunca era hora de dejar la tarea. Hoy también llegaremos a casa de noche ciego.
No te quepa la menor duda, le contesté.
 
 
La trilladora
 
Domingo, las 5 de la mañana, en casa ya estábamos todos levantados. Los hombres nos dirigimos al campo con los bueyes para acarrear la mies.  Para la hora de misa se trilló un carro de mies del Ceferino que había quedado del día anterior, se barrió hasta el último grano de la era, dejamos ya todo preparado para trillar lo que le correspondía al carbonero y acudimos todos a misa, bien nos vino el  descanso de media hora .
 
El ruido era insoportable. Se hacía imposible comunicarse hasta con el compañero más cercano. Todo era ruido. Una vez puesto en marcha el motor, el ruido era inaguantable. Pun, pun, pun, pun…
 
El sonido que sacaba la trilladora también era ensordecedor. No había una sola pieza que no estuviese en movimiento. Aunque parecía que de un momento a otro iban a saltar por los aires todos los tornillos, las ruedas, las poleas… nunca ocurrió ninguna desgracia, todo estaba bajo control.
 
A media mañana el estruendo, el calor, el sudor, el polvo, el picor comenzaba a hacer mella.

El motor, para nosotros conocido como el  “matakas” era el corazón. Las poleas eran las venas,  la polea mayor era la aorta, de 12 metros de largo. La trilladora tenía unas 20 poleas más de distintos tamaños, como si fuesen las diferentes venas del cuerpo. De todos los tamaños, algunas pequeñas, de medio metro o menos, otras de 2, 3 ó 4 metros.
Ruedas de metal que estaban unidas por maderas, que hacían funcionar a un gran número de piezas, algunas de suaves desplazamientos y otras de bruscas vibraciones. Dientes de hierro que trituraban las espigas, las cribas de ritmos suaves y horizontales.
 
Se trataba de un maremágnum en movimiento anárquico. Hasta la tierra misma parecía moverse, como si estuviésemos encima de una masa flotante. Todo estaba en movimiento.
 
En este hormiguero todos teníamos nuestro cometido. Los acarreadores, los alimentadores, los que recogían los sacos del grano, los niños que reunían  los líos, los que amontonaban la paja, los que barrían la era…
Bastante entrada la noche, llegaba la paz. Parado el motor de gasoil, poco a poco todos los demás aparatos se iban apagando tenuamente, con lo que la calma se adueñaba de nuevo del pueblo. 

Gerardo Luzuriaga Santxez